PhD (c). Mg. Ps. Jaime Olivos Daza
Psicólogo, Máster en Dirección y Gestión de...
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En Chile, marzo no solo marca el fin del verano: inaugura un periodo de alta exigencia cognitiva y emocional para niños, adolescentes y sus familias. La vuelta a clases activa procesos neurobiológicos asociados al estrés, la regulación emocional y la adaptación ejecutiva.
En esta columna, el psicólogo y embajador Jaime Olivos Daza explica, desde la evidencia científica, qué ocurre en el cerebro durante la transición escolar y cómo acompañarla con estrategias basadas en investigación.

En Chile, marzo se siente como un reinicio brusco: horarios, traslados, exigencias y comparaciones vuelven al mismo tiempo. No es solo una sensación cultural; es un cambio de contexto que el cuerpo y el cerebro tienen que “recalibrar”. Ese ajuste suele venir con estrés, sobre todo en familias con niños (Leblond et al., 2022).
Piensa en el cerebro como un auto que estuvo semanas en “modo paseo”. En vacaciones, baja la presión por rendir y se flexibilizan rutinas. En marzo, el auto vuelve a autopista: más velocidad, más reglas, más foco. La transición rápida aumenta el costo de adaptación, especialmente en niños (Leblond et al., 2022).
La neurociencia del estrés muestra algo clave: el estrés no es debilidad, es una respuesta de preparación. El problema aparece cuando ese sistema se mantiene alto y empieza a interferir con funciones como atención, memoria de trabajo y control de impulsos, procesos fuertemente dependientes de la corteza prefrontal (Girotti et al., 2017).
Un hallazgo potente es que el inicio del colegio puede funcionar como un estresor ambiental normativo. En un estudio longitudinal con mediciones repetidas, la mayoría de los niños mostró aumento de cortisol matinal durante las primeras semanas de entrada a clases, seguido de variabilidad en la adaptación (Leblond et al., 2022).
Ese cortisol no es “malo” por sí mismo; moviliza energía para enfrentar demandas. Sin embargo, mayor reactividad de cortisol en la infancia se ha asociado con diferencias posteriores en el grosor cortical prefrontal y en el desempeño ejecutivo.
En paralelo, la regulación emocional depende de redes que integran corteza prefrontal y sistemas límbicos, y su maduración es progresiva durante infancia y adolescencia (Martin & Ochsner, 2016; Silvers, 2022). Por eso, en marzo pueden observarse emociones intensas con menor capacidad de freno.
La familia funciona como un sistema de vasos comunicantes: el estrés de uno puede trasladarse a otros a través de mecanismos emocionales y fisiológicos compartidos. Un estudio con mediciones diarias encontró que, en los días en que los adolescentes experimentaban más estresores, sus padres reportaban mayor afecto negativo, más síntomas físicos y niveles más altos de cortisol al final de la jornada (Lippold et al., 2024). Esto sugiere que el estrés no solo se “nota” en el ambiente, sino que también puede sincronizarse biológicamente dentro del hogar.
Este fenómeno se relaciona con procesos de contagio emocional y co-regulación. El cerebro humano detecta rápidamente señales sociales de activación o calma mediante circuitos límbicos que procesan expresiones faciales, tono de voz y postura corporal. En niños y adolescentes, cuyas redes prefrontales aún están madurando, la capacidad de autorregulación depende en gran medida del adulto (Silvers, 2022). Cuando el adulto está tenso o irritable, el sistema nervioso infantil puede interpretarlo como señal de alerta, aun sin palabras explícitas.
Podemos pensarlo como un Wi-Fi emocional: si la señal del hogar está saturada por tensión, cuesta “descargar” calma. La co-regulación cumple el rol de router, organizando la señal y estabilizando la conexión. Pequeñas acciones — bajar el tono de voz, respirar antes de responder, explicar que uno está cansado pero gestionándolo— envían señales de seguridad al cerebro del niño. En contextos como marzo, donde las demandas aumentan, esta regulación adulta se vuelve un factor protector central.
En marzo, el sueño suele estar desordenado por el verano. Y el sueño es un modulador directo de emoción y atención. Una investigación experimental sobre privación de sueño mostró que incluso una noche con restricción significativa altera la regulación emocional implícita y la resolución de interferencia afectiva (Lam et al., 2024). En la práctica, esto se traduce en mayor irritabilidad y menor tolerancia a los pequeños conflictos cotidianos.
Además, revisiones recientes sobre sueño adolescente indican que la disrupción crónica del descanso se asocia con mayor vulnerabilidad emocional y aumento del riesgo de síntomas ansiosos y depresivos (Chai et al., 2024). El sueño insuficiente afecta la conectividad entre amígdala y corteza prefrontal, debilitando el control emocional. En términos simples: con sueño corto, el cerebro “filtra peor” la emoción y sobrerreacciona.
El sueño funciona como el servicio técnico nocturno del cerebro. Durante la noche se reorganizan circuitos, se consolidan aprendizajes y se recalibran respuestas emocionales. Si ese mantenimiento se interrumpe, el sistema comienza el día con menor capacidad de adaptación. En un mes exigente como marzo, dormir bien no es un detalle: es una condición neurobiológica para enfrentar la transición con mayor equilibrio.
Existen diferentes estrategias para poder iniciar este mes:
Las rutinas diarias se asocian con mejores indicadores de desarrollo infantil y actúan como reguladores externos del comportamiento (Selman et al., 2024). En marzo, reinstalar estructura reduce la carga cognitiva porque el cerebro no necesita “decidir todo” desde cero. La previsibilidad disminuye activación del sistema de estrés y facilita el funcionamiento ejecutivo.
El sueño, además, regula la interacción entre amígdala y corteza prefrontal. Cuando el descanso es insuficiente, la reactividad emocional aumenta y el control disminuye (Chai et al., 2024; Lam et al., 2024). Por eso, adelantar progresivamente horarios no es solo disciplina: es neuroprotección.
Aplicación práctica:
La incertidumbre incrementa la liberación de cortisol en transiciones escolares (Leblond et al., 2022). Cuando el cerebro puede anticipar lo que ocurrirá, reduce la percepción de amenaza y activas redes prefrontales asociadas a planificación. La predictibilidad transforma lo desconocido en algo manejable.
Desde el punto de vista cognitivo, preparar el día siguiente disminuye la sobrecarga matinal y reduce micro-estresores acumulativos. Esto protege funciones ejecutivas que ya están exigidas por la adaptación inicial.
Aplicación práctica:
La regulación emocional se desarrolla progresivamente mediante interacción social. Las redes prefrontales encargadas de modular la emoción se fortalecen cuando el adulto ayuda a nombrar y comprender la experiencia interna (Martin & Ochsner, 2016; Silvers, 2022). La validación no elimina el estrés, pero reduce su intensidad.
Cuando un adulto escucha sin juicio, el niño aprende a integrar emoción y pensamiento. Esto favorece conexiones funcionales entre sistemas límbicos y corteza prefrontal, mejorando autorregulación a largo plazo.
Aplicación práctica:
El estrés sostenido interfiere con procesos ejecutivos como memoria de trabajo y control inhibitorio (Girotti et al., 2017). Durante las primeras semanas, exigir rendimiento máximo puede aumentar presión innecesaria. La adaptación progresiva permite que el cerebro vuelva a equilibrar recursos cognitivos.
Establecer micro-metas fortalece percepción de competencia y reduce ansiedad anticipatoria. El logro temprano activa circuitos motivacionales y disminuye percepción de amenaza asociada al contexto escolar.
Aplicación práctica:
Las estrategias fisiológicas simples ayudan a modular la activación autonómica. La respiración lenta favorece el retorno a estados de menor activación y facilita regulación emocional (Martin & Ochsner, 2016). Aunque parezca sencilla, esta herramienta tiene efectos medibles sobre la respuesta al estrés.
En niños, enseñar que la respiración “envía señales de calma al cuerpo” permite comprender el proceso. Integrar práctica breve diaria fortalece el aprendizaje autorregulatorio.
Aplicación práctica:
Meta-análisis recientes indican que intervenciones basadas en mindfulness reducen niveles de estrés en adolescentes en contexto escolar (Fulambarkar et al., 2023). En ansiedad ante evaluaciones, también se observan efectos positivos moderados (Yılmazer et al., 2024). La clave está en la práctica breve y constante.
El entrenamiento atencional mejora conciencia emocional y reduce rumiación anticipatoria. En marzo, puede funcionar como herramienta preventiva más que como intervención terapéutica.
Aplicación práctica:
Meta-análisis recientes muestran que el ejercicio aeróbico mejora componentes de funciones ejecutivas en niños y adolescentes (Wang et al., 2025; Zhu et al., 2023). El movimiento regula activación fisiológica y favorece plasticidad neuronal.
En contextos de transición, la actividad física funciona como regulador del estrés acumulado. Además, mejora estado de ánimo mediante mecanismos neuroquímicos relacionados con dopamina y BDNF.
Aplicación práctica:
El estrés juvenil puede predecir aumento de malestar emocional y fisiológico en padres el mismo día (Lippold et al., 2024). La dinámica es bidireccional: el clima emocional del adulto influye en la adaptación del niño.
Cuando el adulto regula su propio estrés, actúa como amortiguador neurobiológico para el hijo. Esto no significa ausencia de dificultades, sino manejo consciente de la activación.
Aplicación práctica:
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