Mg. Ps. María Teresa Baquedano
Psicóloga y Magíster en Psicología Psicodinámica, con...
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La violencia forma parte de la experiencia humana y atraviesa distintos momentos, relaciones y espacios de la vida cotidiana. Puede aparecer en el hogar, en el trabajo, en una relación de pareja o incluso en entornos digitales, afectando de manera profunda la forma en que las personas se vinculan consigo mismas y con otras personas.
La violencia forma parte de la experiencia humana y atraviesa distintos momentos, relaciones y espacios de la vida cotidiana. Puede aparecer en el hogar, en el trabajo, en una relación de pareja o incluso en entornos digitales, afectando de manera profunda la forma en que las personas se vinculan consigo mismas y con otras personas.
Cuando hablamos de tipos de violencia, no nos referimos a una única expresión, sino a múltiples formas en que el daño puede ejercerse: algunas visibles, como la violencia física, y otras más silenciosas, como la psicológica, económica o simbólica. Comprender estas violencias es clave para reconocer situaciones que muchas veces se normalizan y su impacto en la vida de las personas.
Para profundizar en ello, conversamos con María Teresa Baquedano, psicóloga y magíster en Psicología Psicodinámica, con experiencia clínica en el abordaje de violencia sexual y trauma.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la violencia corresponde al uso intencional de la fuerza física o del poder, ejercido de manera directa o como amenaza, contra una persona, una comunidad, un grupo o contra uno mismo, y que tiene como consecuencia o probabilidad generar daño psicológico, privaciones, lesiones físicas, alteraciones en el desarrollo o la muerte.
Esta definición resulta relevante porque permite comprender que la violencia no se limita únicamente a agresiones físicas evidentes. Existen formas de violencia menos visibles, en las que el ejercicio del poder produce daño y afecta el bienestar de las personas, incluso cuando no hay marcas corporales.
Desde una mirada clínica, la psicóloga explica que la violencia suele aparecer como una manera de resolver conflictos, los cuales forman parte de la convivencia humana. Sin embargo, lo que diferencia un conflicto de una situación violenta es la presencia de una relación asimétrica de poder, en la que una de las partes impone su voluntad sobre otra, anulando su capacidad de decidir, expresarse o consentir.
“La violencia siempre se da en el marco de una relación asimétrica, donde una persona ocupa un lugar de poder sobre otra y lo utiliza para imponer su voluntad”, señala Baquedano.
Comprender la violencia desde esta perspectiva permite reconocer que no se trata solo de conductas individuales, sino de un fenómeno relacional y social, cuyos efectos pueden ser físicos, psicológicos, emocionales o sociales, y que, en determinados contextos, puede llegar a normalizarse si no es identificado y abordado oportunamente.
Existen diversos tipos de violencia, los cuales se diferencian tanto por el tipo de daño que generan como por el ámbito en el que ocurren. Algunas formas de violencia afectan el cuerpo, otras la salud mental y emocional, mientras que otras se manifiestan en contextos específicos, como la violencia digital o laboral.
En este sentido, la psicóloga advierte que estas formas no suelen presentarse de manera aislada, sino que pueden coexistir dentro de una misma relación o situación, dependiendo de las dinámicas de poder involucradas.
Estas distintas manifestaciones tienen consecuencias significativas en el bienestar y en la calidad de vida de las personas.
A continuación, se presentan los principales tipos de violencia, descritos a partir de sus características centrales y de las formas en que se manifiestan en las relaciones humanas. Esta clasificación no debe entenderse como cerrada, ya que distintas formas de violencia pueden coexistir y superponerse dentro de una misma experiencia.
La violencia física es toda acción que implica el uso de la fuerza corporal contra otra persona y que produce daño en su integridad física. Se expresa a través de golpes, empujones, sacudidas u otras conductas que generan lesiones visibles o internas.
Este tipo de violencia puede provocar consecuencias de diversa gravedad y, en situaciones extremas, derivar en daños permanentes o incluso en la muerte. Su carácter visible no reduce el impacto emocional y psicológico que suele acompañarla.
La violencia psicológica se manifiesta mediante conductas orientadas a controlar, intimidar o someter a otra persona, tales como amenazas, humillaciones, descalificaciones, aislamiento o manipulación emocional.
Estas prácticas afectan progresivamente la salud mental, la autoestima y la percepción que la persona tiene de sí misma, generando inseguridad, miedo y dependencia, incluso en ausencia de agresiones físicas.
La violencia económica ocurre cuando una persona limita, controla o condiciona el acceso de otra a recursos financieros, bienes materiales o posibilidades de autonomía, como el trabajo o la educación.
Este tipo de violencia suele darse en relaciones donde existe una asimetría de poder y genera dependencia, restringiendo la capacidad de decisión y el ejercicio de la libertad personal, tanto en contextos familiares como organizacionales.
La violencia intrafamiliar se ejerce al interior de relaciones familiares o afectivas y comprende conductas que afectan la integridad física o psicológica, la libertad, la indemnidad sexual o la autonomía económica de una persona.
Según lo establecido por el Ministerio Público de Chile, puede presentarse entre cónyuges o ex cónyuges, convivientes o ex convivientes, así como entre personas que mantienen o han mantenido una relación sentimental o sexual, incluso sin convivencia. Este tipo de violencia puede afectar a cualquier integrante del grupo familiar.
La violencia sexual corresponde a cualquier acción de carácter sexual realizada sin consentimiento, ejercida mediante el abuso de poder, la coerción o el aprovechamiento de situaciones de vulnerabilidad.
Desde una perspectiva clínica, se caracteriza por la transgresión directa de la libertad sexual, en la medida en que una persona impone su voluntad sobre otra, anulando su capacidad de decidir y consentir. Sus consecuencias impactan profundamente en la salud física, emocional y psicológica de quienes la viven.
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La violencia emocional se relaciona con prácticas que dañan de manera persistente la autoestima y el equilibrio afectivo, como la ridiculización, la desvalorización constante, el chantaje emocional o la invalidación de sentimientos.
Aunque no siempre deja huellas visibles, sus efectos pueden ser duraderos y afectar significativamente la forma en que una persona se relaciona consigo misma y con los demás.
La violencia laboral o institucional se manifiesta en espacios de trabajo u organizaciones a través de conductas como el hostigamiento, la discriminación, el abuso de autoridad o el maltrato reiterado.
Estas prácticas generan entornos adversos que afectan la salud mental, el desempeño profesional y la calidad de vida, especialmente cuando una jefatura u organismo hace uso de su posición de poder para imponer decisiones arbitrarias o silenciar el disenso.
La violencia simbólica opera de manera más sutil y se expresa a través de discursos, mensajes, estereotipos y representaciones sociales que refuerzan desigualdades y relaciones de poder.
Este tipo de violencia suele naturalizarse, ya que se presenta como legítima o incuestionable, por ejemplo, a través de ciertos discursos mediáticos o culturales que instalan “verdades” que desvalorizan o subordinan a determinados grupos.
La violencia de género comprende actos u omisiones ejercidos contra una persona en razón de su género, que afectan su integridad física, psicológica, sexual o emocional, así como su dignidad y libertad.
Puede manifestarse tanto en espacios públicos como privados y suele sostenerse en estereotipos y desigualdades estructurales. Dentro de este tipo de violencia pueden coexistir expresiones físicas, sexuales, económicas, emocionales o laborales, siempre que estén dirigidas a una persona por su condición de género.
La violencia de Estado o política se produce cuando acciones u omisiones de agentes estatales o estructuras de poder transgreden derechos fundamentales, atentando contra la dignidad de las personas y limitando el ejercicio de sus libertades.
Este tipo de violencia puede expresarse a través de la represión, la persecución, el silenciamiento o la falta de protección, y suele tener consecuencias colectivas que trascienden a los individuos directamente afectados.
La violencia estructural se relaciona con condiciones sociales, económicas y culturales que generan desigualdad y limitan sistemáticamente el acceso a derechos, oportunidades y bienestar.
Aunque no siempre se expresa mediante actos directos, produce daños reales y sostenidos en la vida de las personas, al perpetuar relaciones de exclusión, discriminación y subordinación.
La violencia digital comprende acciones realizadas a través de plataformas tecnológicas o dispositivos digitales que vulneran la integridad, la dignidad, la intimidad o la libertad de una persona.
Incluye conductas como el acoso, el hostigamiento, las amenazas, la difusión no consentida de contenido íntimo, la suplantación de identidad o la divulgación de datos personales. Desde una perspectiva institucional, el espacio digital puede entenderse como una extensión del espacio público, donde también se reproducen dinámicas de violencia y discriminación.
La prevención de la violencia requiere comprender las dinámicas que la sostienen y reconocer las condiciones que permiten su reproducción. Desde una perspectiva clínica y social, prevenir no implica eliminar el conflicto, sino revisar la forma en que este se aborda y las relaciones de poder que lo atraviesan.
Uno de los principales desafíos en la prevención de la violencia es aprender a distinguirla del conflicto. El desacuerdo forma parte de la convivencia humana; sin embargo, la violencia aparece cuando una de las partes utiliza su posición de poder para imponer su voluntad y anular la libertad, la expresión o la capacidad de decisión del otro.
Desde la experiencia clínica, identificar la violencia implica atender a señales subjetivas persistentes, como el miedo, la sensación de sometimiento, la imposibilidad de disentir o la percepción de que no es posible ejercer la propia voluntad. Estas experiencias funcionan como alertas tempranas que permiten reconocer dinámicas violentas antes de que se intensifiquen.
La prevención de la violencia también exige revisar los modelos sociales y culturales que validan jerarquías rígidas de poder. La naturalización de relaciones asimétricas, entre adultos y niños, autoridades y subordinados, o entre distintos grupos sociales, favorece la reproducción de prácticas violentas.
Cuestionar estas estructuras implica promover vínculos más simétricos, donde el conflicto pueda abordarse desde el diálogo y el reconocimiento mutuo, en lugar de la imposición. En este sentido, la prevención de la violencia no es solo una tarea individual, sino un proceso colectivo que involucra transformaciones en las formas de relacionarse y ejercer el poder.
Mantenerse dentro de una dinámica de violencia suele tener consecuencias progresivas que se intensifican con el tiempo. En muchos casos, estas situaciones comienzan con manifestaciones sutiles que van escalando, afectando de manera cada vez más profunda la salud mental, la autonomía y las relaciones interpersonales.
Una de las principales consecuencias es el deterioro de la salud mental. La exposición sostenida a distintos tipos de violencia puede generar estados de ansiedad, hipervigilancia, miedo persistente y una sensación constante de alerta. Cuando una persona percibe que no puede participar libremente en las decisiones que afectan su vida, se produce un desgaste emocional que impacta su bienestar psicológico.
Otra consecuencia frecuente es la normalización de la violencia. A medida que estas dinámicas se repiten, pueden comenzar a percibirse como parte habitual de la relación, lo que favorece conductas de sometimiento, temor y resignación, en lugar de cuestionamiento o búsqueda de cambio. Esta normalización dificulta el reconocimiento del daño y retrasa la posibilidad de pedir ayuda.
La violencia también suele provocar una pérdida progresiva de la autoestima y de la autonomía personal. Las descalificaciones constantes, el control o la invalidación de la experiencia subjetiva afectan la confianza en uno mismo y la capacidad de tomar decisiones propias, generando dependencia y debilitando la percepción de valía personal.
Desde una perspectiva clínica, otro efecto relevante es la reproducción de la violencia. Las experiencias no elaboradas pueden repetirse en otros vínculos o contextos, reforzando patrones relacionales basados en la desigualdad de poder. Esto se acompaña, muchas veces, de desconfianza, tanto hacia uno mismo como hacia los demás, dificultando la construcción de relaciones seguras.
En algunos casos, las vivencias de violencia pueden tener un impacto traumático, cuyos efectos se mantienen a lo largo de la vida si no existe un reconocimiento y abordaje adecuado de lo ocurrido. Estas consecuencias no solo afectan a quien vive directamente la violencia, sino que también pueden extenderse a su entorno relacional e incluso tener efectos a nivel generacional.
Además, la violencia suele conducir al aislamiento social, ya que las personas pueden retraerse de sus vínculos por sentimientos de culpa, vergüenza o miedo, quedando atrapadas en dinámicas de poder que limitan el apoyo y la contención externa.
Acudir a un profesional de la salud mental se vuelve relevante cuando el malestar comienza a interferir en el funcionamiento cotidiano. Síntomas como insomnio persistente, ansiedad, estado de alerta constante, sensación de peligro o dificultades para concentrarse pueden ser señales de que una experiencia relacional está teniendo un impacto psicológico significativo.
Desde la experiencia clínica, también es frecuente que la consulta surja cuando aparecen sentimientos de culpa, confusión o dudas respecto al tipo de vínculo en el que una persona se encuentra. No saber si una relación es sana, sentir que la propia capacidad de decisión está limitada o experimentar miedo frente a la reacción del otro son indicadores importantes que no deben ser minimizados.
“Consultar a tiempo permite prevenir el escalamiento de dinámicas violentas y abrir espacios de reflexión y protección”, finaliza.
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