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¿Se aprende mejor psicología clínica leyendo o trabajando con pacientes?

Te invitamos a leer la columna de opinión de nuestro Director Académico de Adipa Europa, Nicolás Lorenzini, en la cual pone en discusión una temática relevante dentro de la psicología.

¿Se aprende mejor psicología clínica leyendo o trabajando con pacientes?

Dada mi labor como parte de la dirección académica de ADIPA, es que hoy comienzo a publicar estos artículos, donde en el estilo propio de un blog, quisiera revisar ideas, definiciones, conceptos, y polémicas acerca de psicología, en particular acerca de psicología clínica.

Ahora bien, cuando pienso en psicología clínica, y en mi trabajo tanto como terapeuta, como formador de terapeutas e investigador, y en cómo plasmar este trabajo en una publicación informal como es un blog en internet, es que hay varios elementos de la psicología clínica que se me presentan como importantes de intentar clarificar, o al menos discutir.

Estos elementos debiesen ser, según mi plan para este blog, aquellos que va a guiar los temas a elegir y el tono con el cual referirse a estos temas en este y mis siguientes artículos.

Estos elementos se refieren además a la naturaleza misma de la disciplina de psicología clínica, y por lo tanto no tienen una respuesta clara y tajante. Ante la falta de una respuesta clara y tajante, espero que este blog ayude a mis colegas a tomar decisiones informadas respecto a estos elementos de la psicología clínica, aun abiertos a la discusión.

Me parece que el primer elemento importante es la pregunta por la esencia de la psicología clínica, a saber: “¿qué es la psicología clínica?”. La respuesta a esa pregunta es una de esas que no puede ser clara ni tajante.

Si uno fuese a buscar esa definición en algún almanaque, se encontraría con que cada almanaque dice algo ligeramente diferente. Incluso Wikipedia tiene definiciones diferentes dependiendo del idioma en que se lea el artículo. Mientras en castellano, la psicología clínica es una rama de la psicología, en inglés es una integración de diversos conocimientos en las ciencias sociales y de la práctica clínica.

 En este último idioma, de hecho, la búsqueda por “medicina psicológica” nos lleva al artículo acerca de psicología clínica. Para no complicar esto más de la cuenta, baste con decir por el momento que la psicología clínica tiene como objeto la falta de salud mental. Objeto de estudio y objeto de práctica.

Por muy humilde que sea esta primera definición, igualmente nos crea problemas y abre más preguntas, que espero poder abarcar en futuros artículos (que es salud/enfermedad mental, como se decide otorgar el estatus de patológico a alguna manifestación de la mente, cual es funcionamiento ideal de una mente sana, es la mente un atributo individual o social, biológico o comunicacional).

Pero en este artículo quiero tomar un elemento fundamental de la psicología clínica que no he sido el primero en observar, y que además de fundamental, es preocupante. A juicio de muchos autores y practicantes, existe una brecha importante entre quienes producen conocimiento en psicología clínica y aquellos que la practican. E incluso cuando un investigador es al mismo tiempo psicoterapeuta, la brecha se mantiene. ¿Es la psicología clínica, en particular la psicoterapia, una ciencia o un arte? ¿Se aprende mejor psicología clínica leyendo o trabajando con pacientes?

Cuando expreso que esta brecha es preocupante estoy reiterando una realidad puesta en evidencia hace más de 25 años por Linda Carter Sobell, dando un puntapié inicial a la “ciencia de la implementación” en salud mental, particularmente en psicoterapia. Ya que si bien existen (sin exagerar) miles de intervenciones psicoterapéuticas que poseen evidencia científica de su eficacia, muchos psicoterapeutas nunca llegan a cosechar los beneficios de esta evidencia en su propia práctica clínica.

Con más de dos décadas de existencia, esta nueva ciencia de la implementación ha tenido ya varios aciertos, si bien muchos de estos aciertos, al ser publicados en revistas de divulgación científica a las cuales casi solamente los investigadores tienen acceso, entonces se repite el problema. Los mismos avances de las ciencias de la implementación son difíciles de implementar.

Uno de los mayores aciertos de esta ciencia, sin embargo, tiene que ver no solamente con enseñar a los terapeutas acerca de los últimos avances en el campo de la psicoterapia, sino, preparar a los terapeutas para el cambio que para muchos de nosotros representan los nuevos tratamientos.

Por ejemplo, el uso de sustancias de acción psicofarmacológica (que hasta hace poco eran puramente recreativas e incluso ilegales), el uso de las nuevas tecnologías (ya tuvimos un gran acercamiento forzado a la realidad de la psicoterapia remota), pero aún nos queda un largo trecho en el uso de big data, inteligencia artificial, terapias asincrónicas, etc.

Más que nada, prepararnos para el cambio de paradigma que para muchos de nosotros significa considerar a la psicología clínica como una disciplina que tiene como requerimiento central el constante perfeccionamiento. La adopción de nuevas ideas y herramientas, y la difícil y a veces dolorosa tarea de abandonar prácticas que considerábamos correctas, y que la ciencia nos muestra que no lo son.

Ahora bien, el problema que plantea este cambio de paradigma no es problema de la motivación de los terapeutas a aprender. Creo no generalizar en vano cuando pienso que los terapeutas somos, por definición profesional, personas curiosas. Y que nuestra practica es lo suficientemente compleja como para saber que siempre necesitamos aprender más.

El problema ha radicado durante mucho tiempo en la falta de acceso de muchos de nosotros a instancias de actualización que sean serias y confiables, por un lado, y por otro que efectivamente hagan sentido y marquen una diferencia en nuestra práctica y por cierto en el bienestar de quienes nos consultan.

He sido testigo de la curiosidad y motivación de mis colegas terapeutas en mi trabajo como docente en universidades, pero sobre todo con el trabajo que he debido realizar en instancias de formación en línea (otra ventaja forzada de la pandemia), donde colegas a inmensas distancias geográficas se interesan en el trabajo de la ciencia en psicología clínica, tanto local como en otras partes del mundo.

Y si bien esta curiosidad y motivación son innegables, creo que tanto yo como otros colegas nos abrumamos al ver la inmensa oferta de formaciones y actualizaciones, de publicaciones y escritos, de opiniones y manuales, y no sabemos bien como investir nuestro tiempo y energía en algo que efectivamente enriquezca nuestro trabajo con pacientes.

Es por eso que los primeros artículos de este blog tendrán el tema de cómo es que se produce conocimiento en psicología clínica, para otorgar a mis colegas psicoterapeutas un insumo para juzgar la validez y confiabilidad científica de ideas en el campo de la psicoterapia.

 Con esto no me refiero a escribir sobre alguna nueva idea o tratamiento en particular y juzgar en lugar de mis colegas lectores de este blog si esa idea es buena o mala. Sino más bien, repasar en estos artículos los mecanismos de este juicio: ¿qué tipos de conocimiento se producen en psicología clínica y cómo se producen? ¿qué significa que una herramienta este basada en la evidencia? ¿qué es la evidencia y cuantos tipos hay?, entre otras preguntas.

Invito desde ya a los lectores de estas columnas a dejarme sus comentarios, públicos o privados, y a sugerirme temáticas que puedan ser de su interés.

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