PhD (c). Mg. Ps. Jaime Olivos Daza
Psicólogo, Máster en Dirección y Gestión de...
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En el marco del Mes de la salud mental del hombre, el psicólogo y docente de ADIPA, Jaime Olivos Daza, reflexiona sobre el suicidio masculino, las barreras culturales para pedir ayuda y la importancia de construir espacios donde hablar del dolor no sea vivido como una amenaza.
Nota editorial: El texto utiliza junio como oportunidad preventiva asociada a salud mental masculina, evitando afirmar sin matices que sea el mes de mayor suicidio en Chile.

Junio se ha instalado progresivamente como un mes para hablar de salud mental masculina. Sin embargo, hablar de suicidio masculino exige más que repetir que “los hombres no hablan”. Esa frase, aunque contiene una parte de verdad cultural, puede volverse insuficiente si no comprendemos lo que ocurre entre el cerebro, el cuerpo, la historia vincular y las normas sociales que moldean la manera en que muchos hombres aprenden a sufrir.
El suicidio no es un acto aislado ni una decisión simple. Es el desenlace posible de una interacción compleja entre vulnerabilidad biológica, sufrimiento psíquico, estrés acumulado, aislamiento, desesperanza y acceso insuficiente a redes de apoyo. En el caso de los hombres, esta interacción suele quedar agravada por un mandato cultural persistente: resistir, no incomodar, resolver solo y no mostrar fragilidad.
La brecha no es menor: la Organización Mundial de la Salud estima que más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año; para 2021, la cifra fue de aproximadamente 727.000 muertes a nivel mundial. Además, la mortalidad masculina supera ampliamente a la femenina, con tasas globales que duplican con creces las de las mujeres (OMS, 2025).
En Chile, el Programa Nacional de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud informa que la mortalidad por suicidio es mayor en hombres que en mujeres, con una relación cercana a 4:1. Dicho de otro modo: por cada mujer que muere por suicidio, mueren alrededor de cuatro hombres. Este dato no busca invisibilizar otros sufrimientos, sino identificar un grupo donde la letalidad es especialmente alta y la llegada a la ayuda suele ser tardía (MINSAL/DIPRECE, 2023, 2025).
Por eso, hablar de suicidio masculino no es hablar de una ‘debilidad individual’, sino de una brecha epidemiológica, clínica y cultural que exige prevención específica.
La paradoja es dolorosa. Quienes más mueren no siempre son quienes más consultan. Y quienes más necesitan hablar, muchas veces han sido educados para callar.
Desde una perspectiva psicosocial, la masculinidad tradicional puede funcionar como una ‘armadura emocional’: protege de la vergüenza inmediata, pero también bloquea la posibilidad de pedir ayuda. El problema no es ser hombre; el problema es haber aprendido que necesitar a otros equivale a fracasar.
La neurobiología permite mirar este fenómeno sin reducirlo a ‘falta de voluntad’. Bajo estrés crónico, el organismo activa de manera sostenida el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, aumentando la carga de cortisol y preparando al cuerpo para sobrevivir. Esto es adaptativo cuando el peligro es breve. Pero cuando el estrés se vuelve acumulativo; deudas, soledad, desempleo, duelo, presión laboral, separación, consumo problemático o vergüenza persistente- el cerebro puede comenzar a operar en modo amenaza.
En ese estado, las redes prefrontales, especialmente aquellas relacionadas con regulación emocional, planificación, flexibilidad cognitiva e inhibición, pueden perder eficiencia. La persona no necesariamente ‘quiere morir’; muchas veces quiere que termine un estado interno que se volvió insoportable. La mente se estrecha, el futuro se acorta y las alternativas parecen desaparecer.
Aquí aparece un concepto clave para la práctica clínica: el riesgo suicida no siempre se expresa como tristeza visible. En hombres puede aparecer como irritabilidad, desconexión afectiva, aumento de conductas de riesgo, abuso de trabajo, consumo de alcohol u otras sustancias, impulsividad, retraimiento, cinismo, sensación de carga o frases de derrota encubiertas.
Por eso, preguntar solo “¿estás triste?” puede ser insuficiente. A veces hay que preguntar: ¿estás durmiendo?, ¿te estás aislando?, ¿sientes que todo depende de ti?, ¿has sentido que ya no puedes más?, ¿hay alguien con quien puedas hablar sin actuar fuerte?.
La investigación neurobiológica ha asociado la conducta suicida con alteraciones en sistemas serotoninérgicos, regiones prefrontales, corteza cingulada anterior, amígdala, hipocampo y circuitos de toma de decisiones. No se trata de buscar “el marcador único” del suicidio, porque no existe una causa cerebral simple. Más bien, hablamos de una arquitectura de riesgo: menor regulación prefrontal, mayor sensibilidad al estrés, dificultades para inhibir impulsos y una percepción de dolor psicológico sin salida.
El dolor social también importa. La exclusión, la humillación, la pérdida de estatus, la soledad y la sensación de no ser necesario pueden activar redes cerebrales vinculadas al dolor. En hombres socializados bajo ideales de autosuficiencia, el fracaso laboral, económico o relacional puede sentirse no solo como una dificultad, sino como una amenaza a la identidad.
Esto explica por qué muchas intervenciones no deben limitarse a “motivar a hablar”, sino a construir contextos donde hablar no implique pérdida de dignidad. La ayuda debe estar disponible, pero también debe ser culturalmente traducible para quienes sienten que pedir apoyo los deja expuestos.
Junio puede ser una oportunidad para poner el tema en agenda, especialmente porque se asocia con la salud mental masculina en campañas internacionales. Pero la prevención no puede depender de un mes. Si el riesgo suicida tiene componentes estacionales, sociales, biológicos y culturales, entonces la respuesta también debe ser sostenida, situada y comunitaria.
En Chile, además, la estacionalidad debe leerse con cuidado. Los datos nacionales han descrito patrones que tienden a aumentar hacia primavera y verano, no necesariamente en junio. Esto es relevante porque una columna responsable no debe transformar una campaña global en una afirmación epidemiológica local sin matices.
La pregunta no es solo ‘¿por qué junio?’, sino ‘¿qué hacemos desde junio en adelante?’.
Para quienes trabajan en salud mental, educación, organizaciones o intervención comunitaria, la prevención del suicidio masculino requiere al menos cinco cambios de enfoque.
Desde la neurociencia, podríamos decir que prevenir el suicidio masculino es ampliar el margen de regulación antes de que el cerebro quede atrapado en modo amenaza. Desde la psicología, es reconstruir sentido, vínculo y agencia. Desde lo social, es desmontar la idea de que el hombre valioso es aquel que no necesita a nadie.
Quizás la prevención comienza cuando dejamos de preguntarnos por qué los hombres no hablan y empezamos a preguntarnos qué condiciones hemos creado para que hablar les parezca peligroso.
Junio puede ser un recordatorio. Pero la tarea es de todo el año: enseñar que pedir ayuda no disminuye la masculinidad; la humaniza. Porque cuando un hombre puede decir ‘no estoy bien’ sin ser ridiculizado, no solo se abre una conversación. Se abre una posibilidad de vida.
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