Mg. Ps. Valentina Morales
Psicóloga Educacional, Magíster en Psicología Educacional. Amplia...
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En el Día de la Convivencia Escolar, Valentina Morales Videla, docente de Adipa, reflexiona sobre la escuela como un espacio de encuentro, cuidado y vínculo, donde cada gesto cotidiano puede aportar a una mejor experiencia educativa.

En los ocho años que llevo como encargada de convivencia escolar, le pregunto frecuentemente a niños y niñas de distintas edades, qué es lo que más les gusta del colegio. Seguro ya adivinan que la respuesta es: el recreo. Y cuando con distintos grupos de amigas, conocidos, hablamos de nuestra experiencia escolar, qué tan mala o buena fue, en gran medida dependía de lo que hacíamos en los recreos.
Lo que deberíamos recordar siempre es que los espacios educativos son espacios de encuentro. Así lo plantea la Política Nacional de Convivencia Educativa (Mineduc, 2024), cuando señala que es el conjunto de interacciones y relaciones que se dan entre quienes integran la comunidad educativa, en todos los espacios de la comunidad. ¿Qué nos hace pensar eso? Que cada gesto importa, si nos saludamos y cómo lo hacemos, cómo damos instrucciones, frente a qué le llamamos la atención a un estudiante (o no).
Pero si miramos lo que dicen los medios comunicacionales, pareciera que un colegio es un lugar violento. Sabemos que se promulgó la ley de violencia escolar quince años antes que la de convivencia escolar (Biblioteca del Congreso Nacional, 2011), con algunas tensiones difíciles de resolver. Los colegios deben prevenir toda forma de violencia, mediante la promoción de la buena convivencia. Y es aquí donde la problemática deja de ser escolar.
La escuela es el punto de encuentro y manifestación de tantas problemáticas y dolores de la sociedad. Pobreza, abandono, maltrato, discriminación, segregación, tienen su expresión en el espacio educativo. Y no por eso se transforma en el espacio escolar. Lo dijeron las expertas en las Jornadas Internacionales de Psicología Educacional el 2025: el espacio educativo es mucho menos violento que otros lugares de la sociedad, pero es donde más nos escandaliza.
Y es importante que así sea, ya que donde debemos educar a niñas, niños y jóvenes, debería haber un clima protegido para el aprendizaje. Pero así como no todo problema social que se expresa en la escuela, se resuelve dentro de ella, la escuela tampoco puede sola.
Las escuelas son el pilar de la sociedad, pero este soporte está cada vez más debilitado por las presiones que acumula y el apoyo que le restan otras esferas de la sociedad. Y el sistema de rendición de cuentas que les respira en el cuello, ya se dio cuenta de su propio colapso. Sabemos que la Superintendencia de Educación ha ido modificando sus sistemas de atención hacia una propuesta más dialogada y con foco en el diálogo previo a la recepción de las denuncias. Pero estas siguen siendo tantas, que se visualiza en un futuro no tan lejano, un nuevo modelo colapsado.
Ocurre también que las mismas problemáticas sociales que colapsan a las escuelas, pesan sobre las familias. Cada familia cuenta con una escuela que debe resolver múltiples frentes a la vez, y dejar registro de aquello, y las escuelas cuentan con familias que dedican tiempo a, justamente, ser una familia.
Si tanto madres como padres dedican extensas horas al día a su trabajo remunerado, y son más las mujeres que tienen una carga doméstica adicional (INE, 2025), cuando el sistema educativo cuenta con que alguien puede ocuparse de apoyar el trabajo escolar, cuidar y jugar con niños y niñas, el modelo social le ha fallado a la niñez.
Y entendiendo que puede ser una mirada ingenua, insuficiente, o incluso a veces pasa por innecesaria, las escuelas debemos cuidar lo que no es necesario para otras esferas de la sociedad, a
menos que sea a modo de consumo.
Si recordamos con cariño y nostalgia los espacios de recreo, y niñas y niños dicen que es una de sus principales motivaciones para asistir al colegio, es un espacio que se debe nutrir, defender y
cuidar.
Por eso, como educadores debemos estar presentes como adultos significativos, en el espacio que para niños y niñas es el más significativo: jugar con ellos, comprender sus intereses y escuchar sus inquietudes, es la verdadera labor docente, y no pasar esas mochilas con juguetes por detectores de metales.
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