Mg. Ps. Valentina Jofré Pfeil
Psicóloga y Magíster en Psicología Jurídica y...
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En esta columna de opinión, la profesional Mg. Ps. Valentina Jofré profundiza en las raíces psicológicas de la tartamudez, un fenómeno que va más allá de las disfluencias del habla. Desde una mirada clínica, reflexiona sobre los factores que contribuyen a su mantención y ofrece claves terapéuticas para abordarla con mayor comprensión e integración.

La tartamudez o disfemia trasciende el ámbito puramente motor del habla, abarcando dimensiones psicológicas profundas que influyen tanto en su desarrollo como en su mantenimiento. Este artículo examina los factores psicológicos implicados en la tartamudez y propone abordajes terapéuticos desde una perspectiva integradora (Iverach & Rapee, 2014).
La tartamudez puede estar influenciada por diversos factores psicológicos que aumentan la probabilidad de su aparición.
Investigaciones recientes identifican características temperamentales como factores de riesgo para el desarrollo de la tartamudez. Kefalianos et al. (2012) señalan que la alta reactividad emocional, la baja regulación atencional y una mayor sensibilidad al estrés pueden predisponer a dificultades en la fluidez verbal, especialmente bajo presión comunicativa.
El perfeccionismo aparece frecuentemente en personas con tartamudez, manifestándose como un monitoreo hipercrítico del habla que genera tensión muscular excesiva y anticipación ansiosa de posibles disfluencias (Amster & Klein, 2008). Este patrón crea un círculo vicioso donde el temor a cometer errores incrementa la probabilidad de que ocurran.
Las experiencias tempranas de burlas o impaciencia por parte de interlocutores pueden generar hipersensibilidad a la evaluación social, exacerbando la ansiedad comunicativa (Plexico et al., 2009). Esta sensibilidad distorsiona la interpretación de las reacciones de los oyentes, atribuyendo significados negativos incluso a expresiones neutrales.
Más allá de las causas iniciales, ciertos mecanismos psicológicos contribuyen a la persistencia de la tartamudez en el tiempo, tales como:
Basado en principios del condicionamiento operante, este ciclo explica cómo las conductas de evitación (sustitución de palabras, limitación de participación social) refuerzan paradójicamente el trastorno. El alivio inmediato de la ansiedad experimenta do al evitar situaciones temidas fortalece la creencia de que ciertas palabras o contextos son “peligrosos” (Menzies et al., 2008).
Las personas con tartamudez desarrollan esquemas cognitivos negativos sobre sí mismos como comunicadores (“soy incompetente para hablar”, “debo hablar perfectamente”), generando anticipación ansiosa y un procesamiento atencional sesgado hacia señales de amenaza en situaciones comunicativas (DiLollo et al., 2003).
La relación entre tartamudez y ansiedad constituye uno de los factores psicológicos más relevantes. Iverach y Rapee (2014) encontraron que hasta el 60% de las personas con
tartamudez cumplen criterios para un diagnóstico de trastorno de ansiedad social, especialmente focalizado en situaciones comunicativas.
El modelo de procesamiento atencional explica cómo la ansiedad interfiere con la fluidez verbal: la hipervigilancia hacia el propio habla y las reacciones del interlocutor consume recursos cognitivos necesarios para la planificación y ejecución fluida del habla, incrementando paradójicamente la probabilidad de disfluencias (Helgadóttir et al., 2014).
Diversas estrategias terapéuticas han demostrado eficacia al abordar la tartamudez desde sus componentes emocionales, cognitivos y relacionales. Entre ellas destacan:
La capacidad para comunicarse sobre el proceso comunicativo permite:
Desarrollar la capacidad de mentalización (comprender estados mentales propios y ajenos) facilita:
El abordaje psicológico de la tartamudez trasciende la simple modificación del habla, reconociendo que el sufrimiento asociado deriva no tanto de las disfluencias en sí mismas sino del significado psicológico atribuido a ellas y su impacto en la identidad y funcionamiento social (Craig & Tran, 2014).
Los tratamientos integrales más efectivos combinan técnicas para modificar patrones de habla con intervenciones dirigidas a reducir la ansiedad social, modificar creencias disfuncionales, desarrollar habilidades de regulación emocional y construir una identidad comunicativa positiva que integre la tartamudez como una característica más de la persona, no como un defecto definitorio.
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