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La neurociencia del amor: ¿Por qué el cerebro extraña a alguien especial?

La ciencia explica qué ocurre en el cerebro cuando nos enamoramos y por qué duele tanto extrañar a alguien especial.

Contenido

  1. Neuroquímica del amor: el cóctel de sustancias que entiende la pasión
  2. Amor y cerebro: Aspectos cognitivos y emocionales del enamoramiento
  3. El cerebro ante la ausencia: ¿Por qué duele extrañar a alguien?
  4. Consejos para el Día de San Valentín
La neurociencia del amor: ¿Por qué el cerebro extraña a alguien especial?

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Cada 14 de febrero, el Día de San Valentín, millones de personas celebran el amor y la conexión con esa persona especial. Detrás de los corazones de chocolates y las flores, nuestro cerebro está orquestando una sinfonía neuroquímica y emocional.

La neurociencia en la ultima década ha comenzado a desentrañar que sucede en nuestro cerebro cuando nos enamoramos y por qué extrañamos tanto a alguien cuando está lejos. En esta columna exploraremos los aspectos neuroquímicos del amor romántico, así como sus dimensiones cognitivas y emocionales, para comprender por qué sentimos esa necesidad intensa de la persona amada, apoyándonos en hallazgos científicos recientes.

Neuroquímica del amor: el cóctel de sustancias que entiende la pasión

Diversos estudios han demostrado que enamorarse activa potentes circuitos de recompensa en el cerebro, liberando una cascada de neurotransmisores y hormonas que nos hacen sentir eufóricos y llenos de energía. A continuación, describo las principales sustancias neuroquímicas involucradas y su efecto:

Dopamina

Es el neurotransmisor protagonista del amor romántico temprano. La dopamina se libera en el circuito de recompensa (en regiones como el área tegmental ventral y el núcleo accumbens) cuando estamos con o pensamos en la persona amada. Este aumento de dopamina produce una intensa sensación de placer y motivación, similar a lo que ocurre con ciertas drogas: en términos cerebrales, el amor puede compararse a una adicción, queremos “más” de esa persona especial, sentimos euforia a su lado y ansiamos su presencia cuando está ausente. De hecho, estar “enamorado/a” literalmente activa los mismos circuitos que la nicotina o la cocaína, llevándonos a un estado motivacional orientado a obtener y retener el afecto de la pareja.

No es de extrañar que Helen Fisher y colegas (2010) describieran el amor romántico como “una adicción natural”: en imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI) observaron que incluso después de una ruptura, el cerebro de quienes seguían enamorados de su ex pareja mostraba intensa activación en el área tegmental ventral, similar a alguien con ansia por una droga, lo que puede explicar los pensamientos obsesivos y la “necesidad” de volver con esa persona.

Oxitocina y vasopresina (los químicos del apego)

Son hormonas vinculadas al vínculo afectivo y la confianza. La oxitocina, liberada en momentos de intimidad física y emocional (por ejemplo, durante abrazos, caricias, contacto sexual o incluso al amamantar en la madre), fomenta la conexión y el apego entre las personas. La vasopresina también participa en la formación de vínculos de pareja duraderos, según se ha visto en estudios con mamíferos monógamos. Tras el periodo de pasión inicial, niveles elevados de oxitocina y vasopresina contribuyen a que el amor evolucione hacia una relación de compañerismo segura y estable, promoviendo sentimientos de lealtad y cercanía emocional.

No por nada se le llama a la oxitocina “hormona del abrazo” o del amor: en humanos, concentraciones más altas de oxitocina se han asociado con mayor confianza, mayor capacidad de perdonar y de pasar por alto las imperfecciones de la pareja, actuando como una suerte de “lentes de color rosa” que idealizan al ser amado. Un estudio reciente encontró que quienes tenían oxitocina más elevada mostraban menos conductas negativas durante discusiones con su pareja y más gratitud hacia ella. Además, después de una separación, la caída de la estimulación oxitocínica puede contribuir a esa sensación de vacío; el llamado “sistema de apego” en el cerebro entra en sobrecarga intentando restablecer la conexión perdida, lo que nos hace sentir literalmente que una parte de nosotros falta cuando esa persona no está.

Adrenalina y noradrenalina (la chispa de la emoción)

En las etapas iniciales del enamoramiento se dispara también la respuesta de estrés positivo o excitación: la adrenalina (epinefrina) y la noradrenalina aumentan en el torrente sanguíneo, causando palpitaciones, “mariposas” en el estómago, manos sudorosas y alerta intensificado. Esa persona aparece y el corazón literalmente se acelera. Estos químicos, asociados al sistema de “lucha o huida”, amplifican la energía y el enfoque en la persona amada.

Curiosamente, el enamoramiento inicial conlleva cierto estrés: estudios han observado que, durante los primeros meses de una relación romántica, los niveles de cortisol (la hormona del estrés) tienden a elevarse significativamente en comparación con cuando estamos solteros o en relaciones a largo plazo. Esto refleja la ansiedad y el nerviosismo de iniciar una relación, nos importa la impresión que causamos y tememos el rechazo, lo cual activa el eje de estrés. Con el tiempo, si la relación se consolida, el cortisol suele normalizarse a medida que entra en juego la oxitocina y se desarrolla una sensación de seguridad y calma en la pareja.

En resumen, las hormonas del estrés nos ponen en estado de alerta positivo al enamorarnos (dándonos valor para “salir de la zona de confort” y formar lazos), pero luego disminuyen para permitir el relajamiento y la confianza necesarios para un amor duradero.

Serotonina (el modulador del estado de ánimo y la obsesión)

La serotonina es un neurotransmisor asociado con la estabilidad del estado de ánimo y el control de impulsos. Paradójicamente, la ciencia ha encontrado que estar enamorado profundamente puede parecerse a un estado obsesivo: en estudios clásicos, personas en la fase inicial de enamoramiento mostraron niveles de serotonina reducidos similares a los de pacientes con trastorno obsesivo-compulsivo, lo que podría explicar por qué no podemos sacarnos al ser amado de la cabeza en esos primeros meses. Esta baja serotonina contribuye a pensamientos intrusivos y recurrentes sobre la otra persona, cierta idealización casi “obsesiva” y conductas impulsivas. Es decir, ese “no puedo dejar de pensar en ti” tiene también una base neuroquímica. Conforme la relación se estabiliza, la serotonina suele normalizarse, ayudando a recuperar el equilibrio (o cuando la obsesión disminuye tras una ruptura, aunque en esta última puede llevar tiempo).

Opioides endógenos (endorfinas)

Aunque menos famosos en las charlas sobre el amor, nuestros opioides naturales (como las endorfinas) juegan un papel en el bienestar y la calma afectiva. Las endorfinas se liberan con el contacto físico placentero
(abrazar, acariciar) y generan sensaciones de placer sereno y reducción del dolor.

En relaciones de pareja estables, se piensa que las endorfinas contribuyen a ese sentimiento cálido de seguridad y confort que brinda la compañía de la persona amada. Además, interactúan con la dopamina para reforzar el circuito de recompensa, creando un estado de felicidad y analgesia natural. No es coincidencia que el simple acto de tomar la mano de tu ser
querido o acurrucarte junto a él/ella pueda aliviar el dolor y la ansiedad. De hecho, el amor puede funcionar literalmente como analgésico: mirar una foto de la persona amada o recibir apoyo físico durante un momento doloroso activa en el cerebro las mismas áreas que los analgésicos opiáceos, reduciendo la percepción de dolor. ¡La ciencia confirma el dicho de que el amor “duele menos”!

Este cóctel neuroquímico; dopamina, oxitocina, adrenalina, serotonina, endorfinas y más, es el responsable de las intensas sensaciones fisiológicas y emocionales del enamoramiento. En resumen, el cerebro enamorado es un cerebro bajo los efectos de múltiples “pociones” químicas, que nos hacen sentir desde mariposas en el estómago hasta una confianza ciega, pasando por euforia, insomnio, obsesión y tranquilidad según la etapa de la relación. Ahora bien, el amor no es solo química; también conlleva experiencias cognitivas y emocionales complejas que la neurociencia cognitiva comienza a desentrañar.

Amor y cerebro: Aspectos cognitivos y emocionales del enamoramiento

El enamoramiento no solo se manifiesta en cambios neuroquímicos, sino también en transformaciones cognitivas y emocionales muy marcadas. Desde la psicología y la neurociencia cognitiva, se ha descrito al amor romántico como un estado que involucra pensamientos, emociones y comportamientos característicos:

Plano cognitivo

En el plano cognitivo, estar enamorado cambia la forma en que pensamos. Aparecen pensamientos intrusivos sobre la persona amada, esa cara especial invade nuestra mente durante buena parte del día. Estudios han señalado que individuos enamorados reportan pensar en su ser querido un 85% de su tiempo despiertos en promedio tras una separación reciente, lo cual ilustra la potente captura atencional que ejerce el amor. También ocurre una idealización de la pareja: tendemos a magnificar sus virtudes y restar importancia a sus defectos. Como mencionamos, la oxitocina contribuye a este “filtro rosa” que atenúa las percepciones negativas.

Cognitivamente el enamorado muestra una atención selectiva enfocada en todo lo relacionado con la persona amada (recordando fechas, gustos, conversaciones con un detalle sorprendente) y una fuerte anticipación de un futuro
compartido, imaginando escenarios con esa persona.

Es común experimentar cierta distorsión de la realidad en esta fase: vemos el mundo de manera más positiva. De hecho, a nivel neuropsicológico se ha observado que el amor desactiva en el cerebro algunas redes asociadas al juicio social y las emociones negativas (como la amígdala, vinculada al miedo y la evaluación crítica). Esto explicaría por qué “el amor es ciego” en cierta forma: el cerebro suprime las críticas y temores, favoreciendo la unión con esa persona.

Plano emocional

En el plano emocional, el amor es un torbellino: sentimos atracción intensa, euforia, ansiedad, alegría desbordante, temor a la pérdida, todo casi simultáneamente. Enamorarse conlleva una montaña rusa emocional. Por un lado, están las emociones positivas extremas, felicidad, exaltación, aumento de la energía y la motivación cada vez que vemos o pensamos en la persona especial. Pero también aparecen emociones de ansiedad o vulnerabilidad: el miedo al rechazo o a que algo amenace la relación puede generar angustia.

La ciencia describe que el amor romántico intenso incluye “angustia cuando la relación se percibe amenazada, deseo ferviente de reciprocidad y conexión profunda, y una gran excitación fisiológica”. Es decir, amamos y a la vez tememos perder ese amor. Esta mezcla emocional se refleja en el cerebro: coexisten la activación del sistema de recompensa (placer) con la activación del sistema de estrés (incertidumbre). Por eso, un mensaje no respondido puede
sumirnos en inquietud, mientras que una muestra de cariño nos eleva al cielo en segundos.

Adicionalmente, el amor evoca una poderosa empatía y preocupación por el ser amado; nuestro cerebro activa circuitos de cuidado (algunos relacionados con comportamientos parentales y de protección) que nos hacen
querer apoyar y proteger a nuestra pareja.

Comportamentalmente, estos cambios cognitivo-emocionales se traducen en acciones: buscar pasar el mayor tiempo posible con la persona, tener detalles de afecto, complacer sus gustos, e incluso cambios en rutinas o prioridades. Esto es consistente con la idea de que el amor romántico es también un estado motivacional orientado a un objetivo (en este caso, el ser amado). Desde la perspectiva cerebral, estar enamorado es “querer” con intensidad: nuestro comportamiento se reorganiza para acercarnos a esa persona y consolidar el vínculo (lo cual, evolutivamente, favorece la unión de la pareja y eventualmente la reproducción).

La neurociencia ha empezado a mapear estas facetas: por ejemplo, se han identificado redes neuronales específicas activas durante el amor romántico que integran emoción y cognición. Un estudio de 2015 encontró alteraciones funcionales en redes cerebrales de emoción, motivación y cognición social en personas intensamente enamoradas, en comparación con solteros o personas con el corazón roto. Áreas como la corteza cingulada anterior (vinculada a las emociones y el dolor), la ínsula (centro emocional y de conciencia de las sensaciones corporales) y la amígdala, junto con regiones de cognición social (unión temporoparietal, corteza prefrontal medial) mostraron mayor conectividad en quienes están enamorados. Esto sugiere que el amor integra sistemas emocionales (sentimientos profundos, apego), sistemas motivacionales (búsqueda de recompensa) y sistemas
cognitivos (pensamientos persistentes sobre el otro, empatía y teoría de la mente para entender al ser querido).

Un aspecto interesante es cómo el cerebro maneja la información y los recuerdos relacionados con la persona que amamos. La memoria juega aquí un papel crucial: nuestro hipocampo (centro de memoria) almacena con detalle momentos, lugares, canciones, olores asociados a esa persona. Esas memorias pueden dispararse en su ausencia y generar una oleada de emociones. Seguramente te ha pasado: oyes “nuestra canción” o percibes un aroma familiar y de inmediato te invade la nostalgia. En efecto, “siempre hace falta algún disparador para que se comience a extrañar” a alguien, puede ser una fecha especial, una foto, un aniversario, un lugar o incluso un aroma los que reactiven con fuerza el recuerdo de esa persona y con ello el sentimiento de su ausencia.  El Día de San Valentín, por ejemplo, actúa como un disparador colectivo: esta fecha especial puede intensificar la añoranza en quienes están lejos de su pareja o en quienes han perdido un amor, al servir de recordatorio del vínculo afectivo.

Hemos visto cómo enamorarse cambia nuestro cerebro en términos de química, pensamientos y emociones. Pero, ¿qué ocurre cuando ese ser amado no está a nuestro lado? ¿Por qué duele tanto extrañar a alguien?
A continuación, exploramos la neurociencia de la ausencia y el corazón roto, es decir, qué pasa en el cerebro cuando “nos parten el corazón” o simplemente extrañamos profundamente a esa persona especial.

El cerebro ante la ausencia: ¿Por qué duele extrañar a alguien?

“Me duele el corazón de tanto extrañarte” no es solo una metáfora poética. La neurociencia ha revelado que el dolor emocional de la separación comparte bases con el dolor físico. Cuando extrañamos intensamente a un ser querido, sea por una ruptura, distancia o pérdida, nuestro cerebro reacciona de formas medibles que explican ese dolor real que sentimos.

Un descubrimiento clave de la última década es que la experiencia de rechazo social o pérdida activa las mismas áreas cerebrales que el dolor físico. En un estudio famoso, participantes que acababan de salir de una ruptura romántica miraban fotos de su ex pareja mientras se registraba su actividad cerebral en un fMRI. Los investigadores compararon esas imágenes con las obtenidas cuando los mismos participantes recibían un estímulo doloroso físico (como tocar algo caliente). El resultado fue sorprendente: ambas situaciones activaron regiones comunes del cerebro, especialmente el córtex cingulado anterior dorsal y la ínsula, que son centros neurales del procesamiento del dolor.

En otras palabras, ser rechazado o extrañar profundamente a alguien “duele” a nivel cerebral igual que una herida física – las mismas neuronas que procesan un dolor de cuchillo se encienden cuando sufrimos un “dolor de corazón”. Por eso hablamos de “dolor” al referirnos a sentimientos: el cerebro no distingue mucho entre un dolor corporal y uno social; ambos son alarmas de que algo anda mal.

Dolor social

Pero, ¿por qué evolucionaríamos de esa forma? Los psicólogos evolutivos sugieren que este “dolor social” tuvo un propósito adaptativo. En los entornos de nuestros ancestros, ser excluido de la tribu o ser abandonado por la pareja podía implicar peligro de muerte (menos protección contra depredadores, menos colaboración). Así, la naturaleza habría “reciclado” los circuitos del dolor físico para aplicarlos a la desconexión social, asegurando que sentir la ausencia de un ser querido fuera tan intolerable que nos motivara a buscar reconexión. El dolor emocional nos empuja a actuar: enfocar nuestra atención en esa pérdida, intentar corregirla, aprender de la experiencia o buscar apoyo. En suma, extrañar duele porque, en términos evolutivos, nuestro cerebro interpreta la separación como una amenaza a nuestra supervivencia, generando una señal de alarma que nos impulsa a restaurar el vínculo.

Ansia o craving

Además del componente de dolor, extrañar a alguien también involucra síntomas similares a un síndrome de abstinencia. Al igual que un adicto privado de su sustancia, el cerebro enamorado privado de su ser querido experimenta ansiolabilidad y anhelo intenso. Recordemos que la dopamina y los opioides endógenos actuaban como “recompensa” cuando la persona estaba cerca; al no tener ese “subidón” habitual, el sistema de recompensa entra en un estado de déficit, provocando ansia o craving.

Helen Fisher y colegas documentaron que individuos que acababan de ser dejados por su pareja pero seguían enamorados mostraban en fMRI que su circuito de recompensa seguía hiperactivo, es decir, el cerebro seguía “enganchado” esperando la recompensa del amor no correspondido, incluso meses después de la ruptura. Como dicen coloquialmente, no lo podían superar todavía. Asimismo, se observó activación en áreas asociadas a la adicción y la obsesión (por ejemplo, regiones que se iluminan en adictos con mono de cocaína) cuando esas personas veían la foto de su ex. Esto explica por qué tras una ruptura muchos experimentan impulsos difíciles de controlar, deseos de llamar, enviar mensajes, buscar a la persona insistentemente, incluso si racionalmente saben que no es lo mejor.

El cerebro en abstinencia de amor puede perder algo de control inhibitorio, llevado por la necesidad química de ese “fix” de dopamina y oxitocina. Al mismo tiempo, otros circuitos intentan regular esta respuesta: la corteza prefrontal orbitaria, involucrada en la regulación emocional y el autocontrol, se activa tratando de frenar conductas impulsivas derivadas del despecho. De ahí surge esa batalla interna: “quiero llamarle… pero no debo”.

Sensación de vacío

La sensación de vacío y estrés al extrañar a alguien también tiene su huella biológica. La ausencia de la persona amada puede disparar la liberación de cortisol (por estrés y tristeza), y la falta de oxitocina (por falta de contacto físico/emocional) deja al sistema de apego “hambriento”. Neurobiológicamente, el sistema de vínculo (basado en oxitocina/vasopresina) que mencionamos antes, al no obtener su dosis habitual, intenta compensar induciéndonos a restablecer el contacto. Por eso, sentimos esa profunda sensación de que “nos falta algo”, literalmente, al cerebro le falta su input esperado de conexión.

La neuropsicóloga Rhonda Freeman describe que después de una separación, el sistema de apego entra en sobrecarga, llevándonos a sentir soledad extrema y esa impresión de que nos arrancaron una parte de nosotros mismos. Esto no es necesariamente patológico, en realidad, extrañar a alguien que amamos es señal de que el vínculo era significativo. El objetivo, claro, es que ese extrañar no se vuelva dependiente o enfermizo, sino que sea parte natural de valorar a quien queremos.

En resumen, extrañar a alguien especial duele porque el cerebro activa alarmas de dolor y abstinencia para motivarnos a recuperar ese lazo social tan importante. Comprender esto nos ayuda a validar nuestras emociones: si sientes un nudo en el pecho cuando esa persona está lejos, no es “debilidad”, es tu cerebro social mostrando cuánto significaba esa conexión para ti. Afortunadamente, con tiempo y otras estrategias (apoyo social, autorreflexión), el cerebro se adapta: las mismas conexiones neuronales que se habían moldeado en torno a esa persona poco a poco se reorganizan para acostumbrarse a su ausencia. Nuestro cerebro es plástico y, aunque tome tiempo, podemos sanar de un corazón roto.

Ahora bien, teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿qué recomendaciones podemos derivar de la neurociencia del amor para esta fecha especial? Tanto si tienes pareja como si estás soltero/a o pasando por una ruptura, la ciencia del cerebro puede darte algunos tips para el Día de San Valentín.

Consejos para el Día de San Valentín

Si celebras con tu pareja: busca la oxitocina

Aprovechen el día para tener momentos de cariño físico y emocional intensos.

Los estudios muestran que actividades como abrazarse prolongadamente, tomarse de la mano, darse masajes o mirar a los ojos incrementan la liberación de oxitocina en ambos miembros de la pareja, lo que refuerza el vínculo afectivo y reduce el estrés.

Un tip: pueden revivir recuerdos felices (ver fotos de viajes, escuchar “su canción”), rememorar experiencias positivas conjuntas activa circuitos de recompensa y apego en el cerebro, aumentando la complicidad y satisfacción mutua.

Añade novedad y sorpresa

La dopamina, la molécula del placer, responde especialmente a los estímulos novedosos. Planear juntos algo diferente o espontáneo en San Valentín (por ejemplo, probar un restaurante de comida exótica, hacer una excursión a un lugar nuevo, o darse regalos inesperados) puede reavivar la chispa neurológica del enamoramiento. La novedad y la variedad estimulan el circuito de recompensa más que la rutina, lo que puede darles ese subidón de “mariposas” como cuando se conocieron. ¡El cerebro ama la sorpresa!

Comunicación emocional sincera

Expresar nuestros sentimientos de aprecio, amor y gratitud hacia la pareja activa circuitos de conexión social en el cerebro (áreas prefrontales y de cognición social) y fortalece la satisfacción en la relación. Decir “te quiero y te agradezco por… ” no solo alimenta el corazón, también el cerebro de ambos: escuchar palabras de cariño libera dopamina y opioides endógenos en el receptor, generando bienestar. Según la neurociencia del apego, la seguridad emocional es clave para mantener altos los niveles de oxitocina a largo plazo, así que usar San Valentín para reafirmar el compromiso y la admiración mutua tiene beneficios neuroquímicos reales.

Si estás lejos de tu ser querido o en una relación a distancia: aprovecha el poder de la imaginación y los sentidos

Aunque no haya contacto físico, ver fotos o videollamarse mirando el rostro de la pareja puede desencadenar parte de la respuesta de recompensa y apego (se ha visto que incluso recordar a la persona amada activa la corteza cerebral casi como si la viéramos en vivo). También pueden sincronizar alguna actividad a distancia (como ver la misma película) para sentir conexión.

Un truco curioso basado en estudios: oler algo asociado a tu ser querido (por ejemplo, una prenda con su perfume) puede reducir la hormona del estrés y brindar confort, gracias a las conexiones olfativas con la memoria emocional.

En resumen, busca mantener presentes estímulos sensoriales de tu ser amado para que tu cerebro sienta su “presencia” y la espera sea más llevadera.

Si estás soltero/a o pasando un desamor: primero, sé compasivo contigo mismo/a

Entender que tus sentimientos de tristeza o añoranza tienen una base biológica normal puede aliviar la culpa o frustración. Rodéate de apoyo social: pasar tiempo con amigos o familia de confianza te ayuda porque conversar, reír o incluso recibir un abrazo de un ser querido también libera oxitocina y endorfinas (no solo la pareja puede darnos eso). Ese apoyo calienta las mismas redes cerebrales de vinculación y mitiga la sensación de soledad.

Otro tip con evidencia: mantente activo/a. Hacer ejercicio físico, bailar o practicar tu hobby favorito estimula la liberación de dopamina y endorfinas, mejorando tu estado de ánimo y compensando en parte la ausencia de las “dosis” químicas del amor romántico.

Finalmente, aprovecha para reflexionar y resetear: como indica la investigación, el dolor de corazón nos insta a aprender. Escribir un diario sobre lo que sientes, o incluso buscar ayuda profesional si es necesario, puede
ayudar a tu cerebro a reorganizar esas “neuronas del amor” de forma saludable.

En conclusión, la neurociencia nos enseña que el amor deja una huella profunda en nuestro cerebro: nos inunda de sustancias que nos hacen sentir en las nubes y, a la vez, secuestra nuestros pensamientos y emociones de formas a veces irracionales. Extrañar intensamente a alguien es la otra cara de esa moneda neurobiológica, cuando el estímulo del amor falta, el cerebro duele y anhela, en un intento por reconectar. Saber esto nos permite entendernos mejor: no estamos “locos” por sentirnos así de enamorados o así de dolidos, sino que estamos humanos, con un cerebro social programado para amar profundamente.

Así que este San Valentín, ya sea que estés brindando con tu pareja o sanando un corazón roto, recuerda cuidarte también a nivel cerebral: nutrir las conexiones afectivas, buscar bienestar químico natural (risas, abrazos, actividad) y tener paciencia con los procesos del corazón. El amor, en definitiva, es tanto química como poesía, y comprender su ciencia no le quita magia, sino que nos maravilla más de la increíble complejidad de lo que sentimos. ¡Feliz Día de los Enamorados, con el cerebro y el corazón alineados!

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