PhD. Mg. Ps. Rodrigo Jarpa
Doctor en Sexualidad Humana, Magister en Psicología...
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En esta columna de opinión, el doctor en Sexualidad y Director Académico de Adipa, Rodrigo Jarpa, reflexiona sobre el rol de la educación sexual y afectiva en la salud mental y los procesos de reinserción social de jóvenes privados de libertad.
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Pocas personas sienten simpatía por jóvenes que han cometido delitos. La palabra infractor suele activar miedo, rabia o distancia, no cuidado. Las leyes son claras, entonces, ¿por qué deberíamos ayudar a quienes las han violado?
Durante años, parte de mi trabajo ha sido hablar de sexualidad y afectividad en colegios, universidades y congresos. Y en ese tiempo arrastré un sueño medio ingenuo, pero persistente: crear la primera “escuela sexualmente inteligente” de Chile. No una charla para apagar incendios ni el taller anual por protocolo, sino algo sistemático, profundo, evaluable. Nunca imaginé que ese sueño empezaría a tomar forma en el lugar menos probable: el SENAME.
Cuando me invitaron a trabajar en la Casa 4 de Tiltil, me enfrenté a algo incómodo: rara vez había pensado en serio en los jóvenes privados de libertad. Los consideraba un “tema importante”, pero lejano. Y mi mirada, si soy honesto, era más bien punitiva: algo habrán hecho.
El sexo fue la puerta de entrada. Para ellos, “taller de sexualidad” sonaba a hablar de ITS, embarazos y “cosas que se hacen con partes del cuerpo”. Y sí, también hablamos de eso. Pero muy pronto nos dimos cuenta de que el sexo era, en el fondo, una excusa. Lo importante no fueron las posiciones sexuales ni los mitos sobre el tamaño del pene. Empezamos a hablar de otra cosa: de respeto, de límites, de vergüenza, de soledad, de miedo a no ser suficiente. De experiencias donde el consentimiento nunca estuvo sobre la mesa.
El hilo conductor fue el concepto de ser “Sexualmente Inteligente”. No como eslogan, sino como identidad. Porque no es lo mismo repetir “usa condón” que preguntarse “¿qué tipo de persona quiero ser cuando estoy con alguien?”. Cuando la conducta se conecta con quién quiero ser —y no solo con lo que debo hacer—, el cambio deja de ser impuesto y empieza a ser propio. Eso no lo vi en un paper; lo vi pasar ahí.
Ellos llegaban con preguntas como: “¿el tamaño importa?”, “¿por qué con tussi y viagra no me puedo venir?”, “¿cuál es la mejor posición?”. Y se iban escribiendo cosas muy distintas: “ser sexualmente inteligente es respetar la decisión del otro”, “es saber cuándo y dónde”, “es no pasar a llevar a nadie”. No es poesía mía: son respuestas textuales de las evaluaciones del taller.
En medio de todo eso empecé a mirarlos distinto. O, mejor dicho, a verlos por primera vez. Dejaron de ser una idea abstracta y pasaron a tener rostro, historia, preguntas. Cuando los miras a los ojos y escuchas sus miedos —y las historias de las que vienen y a las que probablemente volverán—, se vuelve evidente, con una mezcla de ternura y rabia, que muchos siguen siendo niños: tatuados con trauma, golpes y negligencia. Niños que crecieron donde la violencia no es excepción, sino paisaje.
Y ahí aparece lo que a veces olvidamos porque es invisible: el “agua” en la que han aprendido a nadar. Pobreza extrema, consumo, armas, precariedad afectiva, la sexualidad como moneda de cambio, la pareja como propiedad. Muchos crecieron, sobre todo, con una profunda falta de amor; de alguien que les dijera —con palabras o con actos— “tú importas”.
Desde temprano recibieron mensajes sobre quiénes eran y hasta dónde podían llegar: esto es lo que hay para ti, esto es lo que eres, no esperes mucho más. En ese contexto, ser delincuente no aparece como una elección rebelde, sino como la identidad disponible, casi heredada, a veces la única imaginable.
Nada de esto borra la responsabilidad individual ni el daño causado. No se trata de romantizar el delito. Pero sí de hacerse una pregunta práctica: si la enorme mayoría de estos jóvenes va a volver a nuestras comunidades, ¿no nos conviene que vuelvan mejor de lo que entraron? ¿Más regulados, más conscientes, con al menos una fisura en el guion de la violencia?
Encerrar y castigar a secas es una forma bastante eficiente de fabricar delincuentes crónicos. Es cómodo pensar que “allá adentro” están los malos y “acá afuera” todos los demás. Lo difícil es asumir que lo que ocurra dentro de esos centros tendrá consecuencias directas en la vida de todos.
Los números no bastan, pero algo dicen: el 93% consideró muy importante hablar de sexualidad; el 100% recomendaría el taller a otros compañeros. La mayoría nunca había tenido una conversación seria sobre el tema. Si la hubo, fue a partir de un embarazo no deseado. En sus biografías, la sexualidad aparecía más como problema que como espacio de cuidado.
Pero quizá lo más potente no fue el contenido, sino el clima. Dentro de un recinto cerrado se abrió un pequeño espacio de libertad: para cuestionar los barrotes del machismo, la pornografía como manual de educación sexual, la homofobia, la violencia y esa idea del sexo como puro rendimiento del cuerpo: prueba de hombría, logro, trofeo. Ahí empezaron a aparecer frases simples pero decisivas: “yo antes pensaba que…”, “ahora entiendo que…”.
El mérito no es mío. Nada de esto habría sido posible sin las personas que me dieron la oportunidad y quienes trabajan ahí. Tengo una admiración profunda por educadores, psicólogas, trabajadores sociales, funcionarios y directivos con quienes me tocó compartir. Probablemente a varios los tenía aburridos preguntándoles cómo se sigue adelante: cómo se lidia con la desesperanza de luchar contra un monstruo estructural, sabiendo que muchos jóvenes volverán a la misma realidad que los trajo al sistema.
Me hablaron de estrés laboral, de falta de recursos, de desgaste. Pero también de dignidad. De que el sentido no siempre viene de resultados masivos o inmediatos, sino del impacto real en historias individuales. De haber sido testigos, aunque sea una vez, de un giro en una trayectoria de vida.
El SENAME cerró definitivamente sus puertas el 12 de enero de 2026, tras 46 años de historia. Cambia el nombre, la estructura y el marco legal. Ojalá también cambie la forma en que miramos a estos jóvenes. Porque la justicia juvenil no se juega solo en tribunales y barrotes. También se juega en salud mental, educación afectiva y sexual, y en programas que no solo digan “no hagas esto”, sino que permitan preguntarse: “¿quién quiero ser yo en mis relaciones?”.
Y si esos jóvenes van a volver —porque van a volver—, a mí me importa que regresen habiendo cuestionado al menos una parte del agua en la que crecieron. Que hayan podido verse, aunque sea por un momento, no solo como “delincuentes”, sino como personas capaces de elegir distinto, de amar mejor de lo que fueron amados, de poner límites donde nunca los hubo.
No es ingenuidad. Castigar es fácil. Apostar por dignidad y educación es más difícil, más lento y menos fotogénico. Pero si de verdad nos importa la justicia —y no solo el castigo—, este es el tipo de trabajo que vale la pena cuidar, fortalecer y multiplicar. Aunque ocurra, o quizá precisamente porque ocurre, ahí donde más cuesta mirar.
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