TO. Denisse Alvear Muena
Terapeuta ocupacional. Especialidad en Autismo e Integración...
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Comprender la integración sensorial permite explicar cómo las personas perciben, procesan y responden a los estímulos del entorno, y por qué este proceso es clave para el desarrollo, el comportamiento y la salud mental a lo largo de la vida.
La integración sensorial es un proceso neurológico natural y esencial que permite que el cerebro reciba información de los sentidos, desde el propio cuerpo o el entorno. De ahí, que la organice y la utilice para responder de manera efectiva a las demandas del entorno, generando así respuestas adaptivas. Gracias al procesamiento sensorio-motor se pueden realizar diferentes actividades como mantener el equilibrio, regular el movimiento, filtrar estímulos sensoriales y adaptarnos a distintos ambientes.
Cuando este procesamiento funciona de manera adecuada, se propicia la participación en actividades cotidianas como aprender en clases, participar en juegos, tolerar diferentes texturas o responder efectivamente ante cambios de ruidos y luces. Por el contrario, cuando se presentan dificultades, estas se evidencian a través de conductas, pudiendo observarse reacciones emocionales intensas, evitación, distractibilidad y torpeza motora a lo largo del desarrollo evolutivo.
La integración sensorial se define como el proceso mediante el cual el sistema nervioso central organiza la información que llega a través de los sentidos (vista, oído, tacto, gusto, olfato, propiocepción, vestibular, interocepción) para generar respuestas adaptativas frente a los diversos desafíos del entorno.
En términos simples, no se trata solo de “sentir”, sino de interpretar y organizar estímulos para participar cotidianamente en actividades como prestar atención, aprender, moverse con seguridad, responder socialmente y regularse emocional y conductualmente. Por esto, cuando existen implicancias sensoriomotoras, se relacionan con dificultades en el nivel de alerta y la praxis, lo que impactará en el quehacer diario y se observará en conductas desadaptativas, las que, la mayor parte del tiempo, suelen explicarse desde otras problemáticas.
Para comprender y apoyar estas dificultades, Jean Ayres, en los años 60, comienza a estudiar y crea la Teoría de Integración Sensorial, actualmente enmarcada en un Modelo de Trabajo con amplia investigación, para evaluar e intervenir principalmente en infancias con implicancias sensoriomotoras, lo que actualmente también se ha expandido a adolescentes y adultos, con foco en la participación y el desempeño ocupacional.
La integración sensorial ocurre a través de un trabajo coordinado entre distintas áreas del cerebro que reciben, procesan y organizan la información proveniente de los sentidos. Este funcionamiento no es automático, ni aislado, sino que se construye progresivamente a lo largo del desarrollo, a partir de la maduración cerebral y las diferentes experiencias en la interacción con el entorno.
El cerebro recibe estímulos sensoriales de manera constante como sonidos, luces, movimientos, texturas, posiciones corporales y cambios internos. Para responder de forma adaptativa, el sistema nervioso debe filtrar, organizar e integrar esta información, diferenciando aquello que es relevante de lo que puede ser ignorado. Este proceso permite mantener un nivel adecuado de alerta, para atender, aprender y regular las respuestas emocionales y conductuales, así como también propiciar la ideación, el planeamiento y la ejecución motriz para el uso generalizado del cuerpo en diferentes actividades diarias.
Cuando la integración sensorial funciona de manera adecuada (la cual es más bien multisensorial, ya que se integra la información de los diferentes sentidos, en diferentes niveles, para distintas respuestas) la persona puede adaptarse con mayor facilidad a distintos contextos, responder de forma flexible a los estímulos y participar activa y funcionalmente en actividades cotidianas como aprender, jugar, socializar o trabajar. Por el contrario, cuando este procesamiento se ve impactado, el cerebro puede reaccionar de forma exagerada, insuficiente o desorganizada frente a estímulos comunes del entorno, lo que se traduce en una respuesta desadaptativa y por tanto en dificultades en la participación cotidiana.
El proceso de integración sensorial puede comprenderse en diferentes momentos interrelacionados. En primera instancia, el cerebro recibe y procesa la información sensorial que llega desde los distintos sistemas sensoriales. Esta información no solo proviene de los sentidos generalmente reconocidos, sino también de otros sistemas fundamentales como el vestibular, que se relaciona con el equilibrio y el movimiento, y la propiocepción, que permite reconocer la posición, las estructuras corporales y el movimiento del cuerpo en el espacio. Sumado a estos, también se encuentra la interocepción, que es aquel sentido que brinda señales internas del cuerpo, principalmente orgánicas, como la sensación de cansancio o hambre.
Posteriormente, el sistema nervioso organiza e integra estos estímulos. En este momento, el cerebro procesa, compara la información sensorial con experiencias previas, regula la intensidad de la respuesta y decide qué estímulos requieren atención inmediata. Esta organización es clave para evitar la sobrecarga sensorial y para coordinar respuestas motoras, cognitivas y emocionales de manera eficiente.
Finalmente, se genera una respuesta adaptativa, es decir, una conducta y/o acción adecuada al contexto. Esta respuesta puede manifestarse, respecto al nivel alerta, en una conducta de aproximación o evitación, de búsqueda, de atención, de movimiento y de regulación emocional y/o respecto a la praxis, ideando y planificando acciones motoras nuevas y con propósito para una buena ejecución motriz. La capacidad de responder de forma adaptativa es uno de los principales indicadores de un buen funcionamiento de la integración sensorial.
Cuando existen implicancias en algunos de los momentos/etapas del procesamiento sensorial, pueden aparecer dificultades en la modulación sensorial, relacionadas con el nivel de alerta, pudiendo presentarse una hiper o hipo reactividad/respuesta y/o en la praxis, dado un bajo registro o discriminación sensorial, lo que se ve reflejado en dificultades de ideación y planeamiento motor. Por ello, comprender cómo funciona este proceso permite entender por qué ciertas personas reaccionan de manera distinta ante estímulos cotidianos y cómo estas respuestas influyen en su comportamiento y bienestar.
La integración sensorial cumple un rol central en el desarrollo infantil, ya que constituye una de las bases sobre las que se construye el aprendizaje, la conducta, la regulación emocional y la participación en el entorno. Durante la infancia, el cerebro se encuentra en un proceso constante de maduración y la forma en que los niños y niñas reciben y organizan la información sensorial influye directamente en su desarrollo motor, cognitivo, emocional y social.
Desde los primeros años de vida, exploran el mundo a través del cuerpo y los sentidos, lo que se propicia también por las experiencias de estimulación y acompañamiento desde el entorno. Gatear, caminar, manipular objetos, reconocer sonidos y experimentar a través del tacto no son solo actividades exploratorias, sino experiencias fundamentales que fortalecen los circuitos neuronales responsables del procesamiento sensorial y de otras habilidades del desarrollo.
Como se menciona previamente, cuando la integración sensorial se desarrolla de manera adecuada, los niños y las niñas pueden responder de forma variada y óptima a los estímulos sensoriales, permitiéndoles explorar, mantener la atención, regular su nivel de actividad y participar activamente en contextos educativos y sociales.
Por el contrario, cuando existen dificultades en este proceso, pueden aparecer desafíos que impactan el desempeño cotidiano y el bienestar infantil, lo que, la mayor parte del tiempo no es identificado por el entorno o se establecen hipótesis relacionadas con otras problemáticas. Esto impacta en la entrega de apoyos efectivos y tempranos.
El aprendizaje infantil no depende únicamente de habilidades cognitivas, sociales, emocionales y la crianza, sino también de la capacidad de los niños y niñas para procesar, organizar e integrar la información sensorial de manera eficiente. La atención en el aula, la comprensión de indicaciones, la coordinación motora y la regulación del comportamiento están estrechamente vinculadas al funcionamiento de los sentidos.
Por ejemplo, un niño que presenta dificultades para optimizar su nivel de alerta puede distraerse fácilmente con ruidos, movimientos o luces, lo que afecta su concentración y desempeño académico. De manera similar, alteraciones en la praxis, por ejemplo, vestibular o propioceptiva, pueden manifestarse en torpeza motora, dificultad para permanecer en sedente o para realizar actividades grafomotrices.
En el plano conductual, las dificultades en la integración sensorial pueden expresarse como reacciones intensas frente a estímulos cotidianos, evitación de ciertas actividades, frustración frecuente o conductas de autorregulación que no siempre son comprendidas por el entorno. Estas respuestas no deben interpretarse como problemas de conducta aislados, sino como manifestaciones de un procesamiento sensorial que se presenta desafíos.
Comprender la relación entre la integración sensorial, aprendizaje y conducta resulta fundamental para acompañar el desarrollo infantil desde una mirada respetuosa y ajustada a las necesidades de cada niño y niña, propiciando entornos que promuevan la participación, la regulación emocional y el bienestar.
Cuando el procesamiento sensorial no se da de manera óptima, la persona puede experimentar dificultades para organizar y responder adecuadamente a los estímulos del entorno. Estas alteraciones no implican una falla de los sentidos, sino como desafíos en la forma en que el sistema nervioso interpreta, modula e integra la información sensorial.
Las dificultades en la integración sensorial pueden manifestarse de manera diversa y variar en intensidad según la persona, el contexto y la etapa del desarrollo. En muchos casos, estas alteraciones pasan desapercibidas o son mal interpretadas, ya que pueden confundirse con problemas de conducta, falta de atención o reacciones emocionales intensas.
Comprender cuándo la integración sensorial se ve impactada permite ampliar la mirada clínica y educativa, reconociendo que ciertas respuestas no son intencionales, sino el resultado de sistemas sensoriales que está teniendo dificultades para organizar la información de forma efectiva.
Las dificultades asociadas a implicancias en la integración sensorial pueden expresarse tanto a nivel de alerta como funcionalidad en la praxis. Algunas personas pueden mostrar:
Estas dificultades también pueden reflejarse en problemas de coordinación motora, dificultad para planificar movimientos o incomodidad frente a actividades que implican contacto físico o cambios posturales. En el ámbito cotidiano, pueden aparecer conductas de resistencia a determinadas rutinas o una necesidad constante de movimiento para mantener un nivel adecuado de activación.
En el plano emocional, las alteraciones del procesamiento sensorial pueden contribuir a la irritabilidad, la frustración y la desregulación emocional, especialmente cuando la persona se ve expuesta a entornos altamente estimulantes. Estas respuestas no deben interpretarse como falta de voluntad o mala conducta, sino como señales de un sistema nervioso que está sobrecargado o desorganizado frente a la estimulación sensorial.
Identificar estas señales de manera temprana resulta clave para ofrecer apoyos adecuados y promover estrategias de acompañamiento que favorezcan la regulación, la participación y el bienestar.
Las implicancias de integración sensorial adquieren especial relevancia en la correlación con el desarrollo neurodivergente, dado que muchas personas, con diferentes condiciones del desarrollo, presentan formas particulares de procesar la información sensorial, siendo relevante mencionar también que las implicancias sensoriomotoras representan en sí mismas una neurodivergencia.
En estos casos, el cerebro interpreta y organiza los estímulos de manera diferente, lo que influye directamente en la experiencia cotidiana, la regulación conductual y la interacción con el entorno, en comparación con lo ‘’esperado’’ del funcionamiento.
Las personas neurodivergentes pueden experimentar el procesamiento sensorial de manera más intensa, atenuada o variable según el contexto. Algunos estímulos que resultan neutros para la mayoría pueden vivirse como abrumadores, dolorosos o, por el contrario, insuficientes para generar una respuesta adecuada.
Estas diferencias en el procesamiento sensorial pueden manifestarse en una mayor sensibilidad al sonido, la luz, el tacto o el movimiento, así como en la búsqueda activa de ciertas sensaciones para autorregularse. Por ejemplo, algunas personas pueden necesitar movimiento constante, presión profunda o estímulos repetitivos.
Comprender estas particularidades es fundamental para evitar interpretaciones erróneas de la conducta. La necesidad de rutinas predecibles o la búsqueda de estímulos específicos no son conductas problemáticas en sí mismas, sino estrategias de autorregulación frente a un entorno sensorialmente demandante.
Desde una mirada actualizada y neuroafirmativa, estas diferencias no deben entenderse como déficits, sino como variaciones en el procesamiento neurológico. Reconocer esta diversidad permite comprender mejor las necesidades sensoriales de cada persona y promover entornos más accesibles y respetuosos.
Desde esta perspectiva, abordar la integración sensorial en personas neurodivergentes implica promover apoyos individualizados, adaptar los contextos y favorecer la comprensión del entorno, contribuyendo así al bienestar, la participación y la salud mental.
En este sentido, la integración sensorial se convierte en una clave para entender cómo las personas neurodivergentes procesan información sensorial, cómo regulan su nivel de alerta, como ejecutan motrizmente actividades y cómo responden a las demandas del entorno social, educativo, laboral y familiar.
La integración sensorial no solo influye en la forma en que las personas perciben el entorno, sino que también tiene un impacto directo en la salud mental y el bienestar emocional.
Desde la psicología, se reconoce que la manera en que el cerebro procesa los estímulos sensoriales está estrechamente vinculada a la regulación emocional, la conducta y la experiencia subjetiva de seguridad o amenaza.
Por ende, cuando el sistema sensorial funciona de manera equilibrada, facilita la autorregulación emocional, la adaptación a los cambios y la participación en distintos contextos sociales y cotidianos.
En cambio, las dificultades persistentes en el procesamiento sensorial pueden generar estados de sobrecarga, estrés crónico y malestar emocional, especialmente cuando la persona se enfrenta a entornos altamente estimulantes sin apoyos adecuados.
Comprender esta relación permite ampliar la mirada clínica y reconocer que ciertos síntomas emocionales o conductuales pueden estar asociados, en parte, a desafíos en la integración sensorial, y no únicamente a factores cognitivos o relacionales.
La integración sensorial cumple un rol relevante en el bienestar emocional y en la forma en que las personas interactúan con su entorno. La manera en que el sistema nervioso procesa los estímulos sensoriales influye directamente en la capacidad de autorregulación, adaptación y participación en actividades cotidianas.
Comprender esta relación permite ampliar la mirada clínica y considerar que ciertas respuestas emocionales o conductuales pueden estar vinculadas a la forma en que la persona procesa la información sensorial, y no únicamente a factores cognitivos o relacionales.
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