Mg. Ps. Valentina Morales
Psicóloga Educacional, Magíster en Psicología Educacional. Amplia...
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En el marco del Día Mundial del Bienestar Mental para Adolescentes, la Mg. Ps. Valentina Morales, docente de Adipa, desarrolló una columna de opinión invitando a reflexionar sobre la transformación del enfoque individual hacia comunidades escolares de bienestar.

A partir de la iniciativa de The Hollister Confidence Project, desde el año 2020 se conmemora el Día Mundial del Bienestar Mental para Adolescentes, en el marco de la colaboración de esta marca con fundaciones como The Jen Fundation, GLSEN y The Academy Group (HollisterCo, s.f), quienes apoyan a jóvenes de la comunidad LGBTIQ+, BIPOC (Black, Indigenous and People of Color) y proponen iniciativas contra el bullying en distintos países del mundo.
Un dato que da cuenta del estado actual de la problemática de la salud mental en Chile es la preocupante cifra respecto a los síntomas reportados por adolescentes. El año 2022 el Observatorio de la Niñez informó que cerca de un tercio de los adolescentes entre 15 y 17 años manifiesta síntomas de depresión y/o ansiedad, siendo las jóvenes quienes reportan más síntomas severos que los varones. El año 2024 otro estudio en Chile muestra que estudiantes entre 10 y 18 años reportan una alta prevalencia de depresión (60.2%), ansiedad (63.6%) y estrés (50.2%) (Martínez & Yeomans, 2024).
El panorama anterior se inserta en un contexto social en el que se entrecruzan con distintas formas de discriminación y violencia (Observatorio de la Niñez, 2023), lo cual enfatiza la relevancia de abordar esta problemática desde los entornos en los cuales participan las y los jóvenes, tales como sus comunidades educativas.
Es en el ámbito escolar que sumado a los obstaculizadores sociales para el cuidado de la salud mental, aparecen riesgos específicos que agravan el escenario que enfrentan las y los adolescentes. Algunos de estos factores de riesgo son ser mujer, el uso de celular, baja autoestima, entre otros (Martínez & Yeomans, 2024), lo cual interpela directamente a nuestro sistema educativo al ser la escuela un espacio de resguardo de derechos de niños, niñas y adolescentes.
Sin embargo, en este punto encontramos una exigencia que tensiona y excede las capacidades de las instituciones educativas. Al hablar de salud mental hablamos de diagnósticos, y estos por definición son individuales. Centrarse en este nivel de abordaje colapsa al sistema educativo, y muy probablemente a las personas que componen las comunidades educativas.
A nivel internacional se ha comprendido el espacio escolar como un contexto relevante para el cuidado de la salud mental de las y los estudiantes debido a la detección de factores protectores que se podrían fortalecer, siendo uno de los principales el apoyo disponible desde los adultos de la comunidad escolar (Dalsgaard et al., 2020; Beukema et al., 2022). Se ha visto que cuando la salud mental de los estudiantes se encuentra afectada, esto perjudica otras áreas del desarrollo, como la vinculación con pares y los logros de aprendizaje, pues algunos estudios indican que los trastornos mentales se han asociado con notas más bajas, inasistencia y desmotivación por aprender, a excepción de estudiantes con anorexia (Dalsgaard et al., 2020; Sundquist, Ohlsson, Winkleby, Sundquist & Crump., 2016).
Nos encontramos entonces frente a la siguiente encrucijada. Los síntomas reportados o incluso los diagnósticos atribuidos a las y los jóvenes corresponden a un problema que requiere atención individual, sin embargo, se espera que las instituciones escolares se hagan cargo de un problema de salud, que tiene repercusiones igual en el proceso educativo. El abordaje individual no alcanza y por lo demás colapsa el sistema. Por lo tanto, acojamos la responsabilidad que nos toca de ser espacios protectores y de convertirnos en comunidades de bienestar, y no en sumas de bienestares individuales (Ascorra, Morales, Cuadros & Leal-Soto, 2022).
Un modo de abordar el complejo escenario anterior, y sin querer desconocer las múltiples dificultades con las que deben lidiar principalmente instituciones educativas en entornos más vulnerados, es recordar que las comunidades educativas son un espacio de socialización, encuentro y construcción de vínculos.
La recientemente publicada Política Nacional de Convivencia Educativa (Mineduc, 2024) propone un cruce entre convivencia, bienestar y salud mental y enfatiza precisamente que “los establecimientos educacionales sean espacios de cuidado, protección y bienestar socioemocional para sus integrantes” (Mineduc 2024, p.4), como una condición base para los procesos de aprendizaje y enseñanza.
Es en este espacio de cuidado que las niñas, niños y adolescentes se encuentran y pueden participar de la construcción de vínculos de cuidado, respetando sus intereses e identidades. Si bien las personas adultas y profesionales son los últimos responsables por que la escuela sea un espacio seguro e inclusivo para estudiantes, docentes y otros equipos, es a través de su gestión que la perspectiva de las y los estudiantes tiene cabida, pues es desde su experiencia que el espacio escolar se construye como un lugar de encuentro, protección y relaciones sanas.
Facilitar espacios de encuentro, recreación, creatividad y diálogo es favorecer espacios seguros y protectores. Para esto, si bien un fin de extrema relevancia es cuidar la salud mental de las y los estudiantes, no es el modelo biomédico el que necesita un espacio mayor en la comunidad educativa, si no que las experiencias mejor valoradas por niñas, niños y jóvenes.
Cuando la escuela permite desplegar y desarrollar intereses en torno a los que nos reunimos (encuentros musicales, clubes de espacios creativos, encuentros deportivos, recreos animados por estudiantes más grandes, karaoke enmascarado, cajas para pintar), está ocupándose de su labor de protección y educación, y no faltando al rol de espacio terapéutico que se le podría querer atribuir.
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