Ps. Mercedes Montoya
Psicóloga de la Institución Universitaria de Envigado,...
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La depresión continúa siendo una de las problemáticas más relevantes en salud mental, tanto por su alta prevalencia como por las dificultades que aún existen para reconocerla y abordarla clínicamente. En el marco del Día Mundial de Lucha Contra la Depresión, esta columna reflexiona sobre los estigmas persistentes y los desafíos que plantea su comprensión más allá del diagnóstico.
La depresión continúa siendo una de las principales causas de sufrimiento y discapacidad a nivel mundial. Sus síntomas anímicos, motivacionales, conductuales, cognitivos, físicos e interpersonales, junto con su prevalencia global, la posicionan como una enfermedad que demanda intervenciones oportunas para su diagnóstico y tratamiento especializado.
Incluso entre quienes trabajamos acompañando el sufrimiento emocional, la depresión sigue siendo, en ocasiones, un fenómeno que incomoda, se minimiza o se exige resolver rápidamente. El estigma no solo está fuera del consultorio; también puede circular dentro de él.
La depresión es uno de los diagnósticos más conocidos en salud mental. Sin embargo, conocer sus criterios no siempre se traduce en comprender su expresión clínica.
Tanto el DSM-5-TR como la CIE-11 cumplen una función esencial en la identificación y comunicación clínica; sin embargo, el trabajo terapéutico exige ir más allá de la etiqueta diagnóstica y comprender cómo ese
trastorno se manifiesta en una persona concreta, dentro de su contexto específico.
Dos personas pueden cumplir criterios diagnósticos similares y, aún así, experimentar la depresión de formas profundamente distintas: una con inhibición marcada; otra con aparente funcionalidad; una con tristeza
evidente; otra con irritabilidad o agotamiento persistente.
Desde una mirada clínica, la depresión no se reduce a un estado emocional. Involucra patrones cognitivos y conductuales, cambios en la experiencia corporal y un impacto significativo en los vínculos o en la forma de relacionarse con el entorno. Esta complejidad explica por qué la depresión no siempre es evidente, por qué muchas veces se detecta tarde y por qué, en ocasiones, incluso quienes la padecen (o la acompañan clínicamente) tardan en reconocerla como tal.
En el marco de este día, resulta necesario desmontar uno de los mitos más persistentes y dañinos sobre la depresión en la población. Frases como “si trabaja, si rinde, si sonríe, no puede estar deprimido” continúan operando como filtros simplificadores que invisibilizan la experiencia interna de muchas personas.
El “funcionamiento” puede convertirse en un criterio engañoso, ya que en algunos casos se sostiene a través de mecanismos como:
Muchas personas cumplen roles, trabajan y sostienen vínculos mientras el malestar se cronifica internamente. Esto puede observarse tanto en pacientes como en profesionales de salud o cuidadores, donde la
capacidad de responder a las demandas externas convive con un deterioro emocional progresivo.
Por ello, resulta fundamental comprender que la depresión no siempre se presenta de manera homogénea en la práctica clínica, y que el desempeño externo no necesariamente refleja bienestar psicológico.
A nivel global, se estima que alrededor del 5% de los adultos presenta depresión, con una prevalencia aproximada del 4% en hombres, 6% en mujeres y 5,7% en personas mayores de 60 años. En números absolutos,
esto representa a más de 280 millones de personas en el mundo.
Mas allá de la cifra global, la distribución por edad también aporta información relevante. Si bien la edad de inicio se sitúa alrededor de los 19 años, la depresión no es un trastorno exclusivo de etapas tempranas.
La mayoría de los casos se desarrolla en edades posteriores: la mediana de inicio se ubica cerca de los 31 años, y cerca de una cuarta parte de las personas experimenta su primer episodio después de los 46 años.
Estos datos ayudan a desmontar la idea de que la depresión es un problema excepcional o limitado a ciertos grupos. Afecta a jóvenes, adultos y personas mayores, y atraviesa también a quienes sostienen roles de alta responsabilidad, incluidos profesionales de la salud. En este sentido, las cifras no solo describen una prevalencia, sino que confirman una realidad clínica cotidiana: la depresión está presente, muchas veces de forma silenciosa, en espacios donde no siempre se espera encontrarla.
El estigma asociado a la depresión no habita únicamente fuera del consultorio. Entre quienes trabajamos en salud mental persisten formas silenciosas de autoexigencia, culpa por necesitar ayuda y la creencia implícita de que deberíamos poder manejarlo solos. Estas narrativas, muchas veces normalizadas, favorecen el silenciamiento del malestar y la postergación de la consulta, incluso en quienes acompañan procesos clínicos a diario.
Estas mismas creencias no solo atraviesan la experiencia personal, sino que también influyen en la forma en que ejercemos la práctica clínica. Desde la práctica, desestigmatizar implica revisar cómo acompañamos.
No siempre se trata de promover cambios rápidos ni de empujar activación, sino de validar sin reforzar pasividad, cuidar el lenguaje clínico y comprender la ambivalencia que caracteriza a muchos cuadros depresivos. Sostener procesos que no siguen tiempos lineales ni inmediatos es, en sí mismo, una intervención clínica.
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