PhD (c). Mg. Ps. Jaime Olivos Daza
Psicólogo, Máster en Dirección y Gestión de...
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El aumento de los eventos climáticos extremos ha evidenciado la relación entre crisis ambiental y salud mental. Incendios forestales y olas de calor actúan como factores de riesgo psicosocial, con efectos en el bienestar emocional y el funcionamiento cognitivo. En esta columna, el psicólogo Jaime Olivos analiza estos fenómenos desde la psicología y la neurociencia.

Los eventos extremos del clima ponen a prueba no solo nuestras comunidades, sino también nuestra salud mental. En Chile, los incendios forestales que han arrasado localidades del centro-sur en los últimos años, junto con olas de calor récord, no solo han provocado pérdidas materiales y ambientales, sino que también han dejado una profunda huella emocional en las personas afectadas (Arias, 2026). Vivir este tipo de catástrofes puede detonar estrés postraumático, aumentos significativos de ansiedad, miedo persistente, pánico, retraimiento social y síntomas depresivos. Incluso quienes no están en el epicentro del desastre pueden experimentar angustia al exponerse repetidamente a las noticias e imágenes de la catástrofe (Epel & Fromer, 2020).
La evidencia científica de la última década respalda esta preocupación: los incendios forestales conllevan problemas de salud mental persistentes en las poblaciones afectadas (Sandoval-Díaz et al., 2025), y las olas de calor extremo se han asociado con mayor irritabilidad, síntomas depresivos e incluso un aumento en conductas violentas o pensamientos suicidas. Además, el calor intenso puede afectar nuestras capacidades cognitivas (memoria, atención, tiempo de reacción) y dificultar el sueño, lo que a su vez exacerba los síntomas de malestar mental (APA, 2021; Baecker et al., 2025). Además, el calor intenso puede causar fatiga física y “niebla mental” (dificultad para concentrarse, pensar con claridad), lo que entorpece nuestras tareas diarias y genera frustración (Baecker et al., 2025; Magellan Health, 2023).
Frente a esta realidad, ¿cómo podemos cuidar nuestra salud psicológica durante emergencias ambientales tan abrumadoras? A continuación, exploramos el impacto de estas amenazas en nuestra mente y ofrecemos estrategias prácticas, respaldadas por la psicología y la neurociencia, para afrontarlas.
Un incendio forestal devastador es una amenaza tangible a la vida, el hogar y el entorno, que dispara nuestros instintos de supervivencia. La sola imprevisibilidad de un fuego incontrolado, sin saber cuándo cambiará el viento o qué tan cerca llegará a nuestra casa, genera una intensa ansiedad (Epel & Fromer, 2020).
Estudios en distintas catástrofes han documentado que la exposición a incendios se asocia auna mayor incidencia de trastorno de estrés postraumático (TEPT), aumentos significativos de ansiedad, depresión y retraimiento social. Estos síntomas pueden persistir por meses e incluso años después del evento, especialmente si la persona sufrió pérdidas significativas o temió por su vida. Por ejemplo, cinco años después del catastrófico incendio “Black Saturday” en Australia, la tasa de TEPT en la población afectada (8,7%) seguía siendo casi el doble de la observada a nivel nacional antes del desastre. De manera similar, jóvenes expuestos a mega-incendios han mostrado altas tasas de problemas psicológicos un año y medio después, en un estudio, 37% presentaban síntomas de TEPT, 31% depresión y 27% ansiedad, con mayor severidad en quienes tenían menor resiliencia (Duerr, 2026).
No solo el trauma directo afecta: también aparece el fenómeno de la “solastalgia”, un término que describe el dolor y la angustia por la transformación o pérdida del entorno natural querido. Se ha observado que esta tristeza por el paisaje perdido tras un incendio se correlaciona con niveles elevados de malestar psicológico. Las personas pueden lamentar profundamente la destrucción de bosques y ecosistemas, experimentando una suerte de duelo ambiental.
Asimismo, tras el incendio es común sufrir alteraciones del sueño, insomnio, despertares frecuentes o pesadillas relacionadas con la experiencia vivida, las cuales se reportan en hasta 63-72% de los sobrevivientes en los meses
posteriores (Duerr, 2026). Estos problemas de sueño e imágenes intrusivas reflejan cómo el cerebro sigue “en alerta”, rehaciendo la escena traumática una y otra vez por la noche.
Niños y adolescentes son especialmente vulnerables al impacto emocional de los incendios. Pueden desarrollar miedos intensos (por ejemplo, temor a que el fuego vuelva o a perder a sus seres queridos) y sufrir regresiones conductuales. La visión del cielo en llamas o cargado de humo puede generar en los niños una sensación de que “el mundo ya no es seguro”, a veces expresada en juegos o dibujos. Es importante tener en cuenta que las reacciones de los menores suelen asemejarse a un proceso de duelo: inicialmente pueden mostrarse en shock o negación, luego enojados o tristes, antes de llegar gradualmente a una aceptación de lo ocurrido (Arias, 2026). Los adultos debemos brindar un ambiente abierto para que los niños pregunten y expresen sus temores; validar sus emociones (decirles que es normal sentir miedo o tristeza) les ayuda a procesar mejor la experiencia. Limitar la exposición de los pequeños a imágenes aterradoras en medios de comunicación y mantener rutinas de seguridad (por ejemplo, cuentos a la hora de dormir, estar físicamente presentes) puede darles estabilidad y contención (Duerr, 2026).
A pesar de lo duras que son estas experiencias, muchas personas y comunidades logran mostrar una notable resiliencia tras los incendios. La cohesión social y el apoyo mutuo juegan un papel protector crucial: investigaciones han encontrado que comunidades con redes de apoyo sólidas y planes de emergencia establecidos tienden a recuperarse mejor y con menos secuelas psicológicas (Sandoval-Díaz et al., 2025).
Saberse acompañado y parte de un esfuerzo comunitario reduce la sensación de indefensión. Del mismo modo, participar en la reconstrucción, por ejemplo, reforestando áreas quemadas o colaborando en centros de acopio, puede mitigar la solastalgia, al permitir a la gente reconectar con su tierra y sentir que contribuye a sanar la herida ambiental (Duerr, 2026). En suma, tras un incendio es normal sentir un torbellino emocional (miedo, rabia, tristeza, gratitud por estar vivo, etc.), y cada persona lo procesa a su ritmo. Pero hablar sobre lo vivido, recibir apoyo psicológico y comunitario, y encontrar un propósito en la reconstrucción son factores que favorecen la recuperación mental (Arias, 2026; Sandoval-Díaz et al., 2025).
Las olas de calor extremo ejercen una presión menos visible pero igualmente significativa sobre nuestro bienestar psicológico y cerebral.
El cuerpo humano está diseñado para funcionar dentro de cierto rango de temperatura, y cuando el termómetro se dispara, nuestro sistema nervioso entra en estado de alerta por el estrés térmico. Estudios recientes muestran que la exposición prolongada a calor anormal puede activar el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (el circuito hormonal del estrés), elevando los niveles de cortisol y otras hormonas que, mantenidas en el tiempo, desgastan el organismo. Esto explica por qué durante las olas de calor muchas personas reportan sentirse agobiadas, ansiosas o irritables sin razón aparente: fisiológicamente, el cuerpo está bajo estrés incluso sin un desencadenante emocional claro (Baecker et al., 2025).
Clínicamente, se ha observado un detrimento del estado de ánimo y la cognición asociado a temperaturas elevadas. En los días de calor extremo aumentan los síntomas de ansiedad y depresión en la
población. También se registran más visitas a emergencias psiquiátricas y mayor riesgo de descompensación en personas con trastornos mentales preexistentes (APA, 2021; Epel & Fromer, 2020). De hecho, la literatura psiquiátrica indica que las tasas de suicidio tienden a incrementarse durante las olas de calor severas, al igual que los episodios de agresividad y violencia doméstica. Varios mecanismos contribuyen a esto: el mal dormir es uno de los principales. Las noches tropicales, en que la temperatura no baja lo suficiente, provocan insomnio o sueño fragmentado; esta falta de descanso aumenta la irritabilidad y disminuye nuestra capacidad de afrontamiento al día siguiente.
Como señala la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, los problemas de sueño asociados al calor agravan los síntomas mentales y reducen nuestras reservas emocionales. Además, el calor extremo puede causar fatiga física y “niebla mental” (dificultad para concentrarse, pensar con claridad), lo que entorpece nuestras tareas diarias y genera frustración (Baecker et al., 2025; Magellan Health, 2023).
Ciertas poblaciones son especialmente vulnerables en las olas de calor. Las personas con esquizofrenia, por ejemplo, tienen alteraciones en la regulación interna de la temperatura corporal, lo que las hace más propensas a sufrir descompensaciones durante calor extremo. Asimismo, algunos medicamentos psiquiátricos (como antidepresivos y antipsicóticos) interfieren con la termorregulación y pueden potenciar el riesgo de golpe de calor o deshidratación. Los adultos mayores con demencia también corren más riesgo de desorientación, deshidratación y complicaciones durante las olas de calor.
Por otra parte, desde la perspectiva psicosocial, las personas aisladas o en situación de calle enfrentan una doble carga: al estrés mental se suma la dificultad de encontrar refugio fresco, aumentando su sensación de vulnerabilidad.
Es importante destacar que el malestar psicológico por calor no solo afecta a quienes tienen trastornos diagnosticados. Cualquiera de nosotros, expuesto a días sucesivos de temperaturas agobiantes, puede notar cambios en el humor: es común sentirse más irritable o con “corta paciencia”, así como experimentar apatía o decaimiento anímico en medio de una ola de calor (APA, 2021; Baecker et al., 2025). Por ello, los expertos enfatizan la importancia de tomar en serio estos efectos. El calor puede insidiosamente minar nuestro equilibrio emocional sin que lo atribuyamos a esa causa; reconocer que “no somos nosotros, es la temperatura” puede ayudarnos a no sobredimensionar esas emociones negativas pasajeras. En los siguientes apartados, veremos consejos para lidiar con estas reacciones y cuidar nuestra salud mental cuando los termómetros se disparan.
Ante incendios forestales, olas de calor u otras emergencias ligadas al clima, podemos adoptar estrategias respaldadas por la psicología y la neurociencia que nos ayuden a sobrellevar el estrés y proteger nuestro
bienestar emocional. Estos consejos buscan ser prácticos y cercanos, entendiendo que cada persona puede adaptarlos a su realidad:
La incertidumbre alimenta la ansiedad, por lo que tener un plan de acción puede brindarte calma. Por ejemplo, si vives en zona de incendios, define con tu familia rutas de evacuación y ten listo un kit de emergencia; si anuncian una ola de calor, contempla lugares frescos donde refugiarte durante las horas pico. Mientras más preparados estemos, menos ansiedad sentiremos antes y durante la crisis, ya que nuestro cerebro sabe que tenemos cierto control
(Epel & Fromer, 2020).
Incluso algo tan simple como hacer una lista de pasos a seguir nos mueve del pánico a la acción organizada. En momentos difíciles, esa preparación previa actúa casi como un “piloto automático” que reduce la incertidumbre y el miedo.
No enfrentes la emergencia en soledad. Hablar sobre lo ocurrido con familiares, amigos o vecinos de confianza alivia la carga emocional y ayuda a procesar la experiencia. Después de un desastre, las reacciones emocionales suelen pasar por distintas etapas (shock, negación, ira, tristeza) similares a un duelo; por eso es crucial contar con espacios seguros de conversación donde puedas expresar libremente tus sentimientos, ya sea miedo, pena, frustración u
otros– sin sentirte juzgado.
Las investigaciones muestran que el apoyo de redes cercanas es fundamental para la recuperación psicológica. Compartir tus vivencias con alguien que te escuche con empatía puede prevenir el desarrollo de trastornos como depresión o TEPT prolongado. Si sientes que el malestar te sobrepasa, no dudes en buscar la ayuda de un profesional de salud mental; psicólogos y psiquiatras pueden brindar intervenciones especializadas (como primeros auxilios psicológicos en etapas agudas, o psicoterapia para el seguimiento) que son efectivas para superar el trauma (Arias, 2026; Duerr, 2026).
La mente y el cuerpo están profundamente conectados. En plena ola de calor, beber suficiente agua y reponer electrolitos es vital no solo para evitar desmayos, sino porque la deshidratación y el sobrecalentamiento exacerban la ansiedad y el cansancio mental (Magellan Health, 2023). Intenta priorizar el sueño y el descanso, adaptando tu rutina si es necesario: durante un calor extremo, busca dormir en la parte más fresca de la casa,
utiliza ventiladores o paños fríos, y evita el ejercicio extenuante en las horas de más calor (Magellan Health, 2023). La razón es sencilla: el sueño adecuado y una temperatura corporal estable ayudan a regular el sistema nervioso; por el contrario, la falta de sueño por calor agrava la irritabilidad y la tristeza.
Del mismo modo, mantén en lo posible tus horarios de comidas y alguna forma de actividad física ligera (por ejemplo, estiramientos o caminatas breves en momentos más frescos), estas rutinas le dan a tu cerebro una sensación de normalidad dentro de la situación anómala. Recuerda también no descuidar la toma de tus medicamentos si los tienes; en caso de olas de calor, consulta con tu médico pues algunos fármacos pueden requerir ajuste para evitar efectos adversos con la temperatura.
Cuando sientas que la ansiedad amenaza con desbordarte, el corazón acelerado, la mente catastrofizando, detente un momento y respira. Los ejercicios de respiración lenta y profunda son una herramienta poderosa para señalizarle al cerebro que puede calmarse.
Desde la neurociencia sabemos que inhalar y exhalar pausadamente (por ejemplo, 5 segundos inhalando por la nariz y 5-7 segundos exhalando por la boca) activa el sistema parasimpático, encargado de la respuesta de relajación (Luo et al., 2025). Estudios recientes demuestran que respirar a un ritmo de 6 respiraciones por minuto equilibra el estrés fisiológico y reduce significativamente los niveles de ansiedad. En la práctica, puedes
usar técnicas como la respiración diafragmática (llevando el aire “a la guata” y no solo al pecho) o la respiración en 4 tiempos (inhalar en 4, sostener 4, exhalar 4, sostener 4). Verás que tras unos minutos tu ritmo cardíaco baja y la mente se centra.
Asimismo, la meditación guiada o atención plena (mindfulness) puede ayudarte a anclarte en el presente cuando los pensamientos catastróficos te abrumen. Incluso aplicaciones móviles o videos de relajación muscular progresiva pueden ser útiles.
Estas prácticas no solo brindan claridad mental y equilibrio emocional, sino que estudios con electroencefalograma muestran que inducen patrones cerebrales asociados a tranquilidad y mejor control de las emociones. En resumen, regalarte aunque sea 5-10 minutos al día de respiraciones profundas o meditación puede marcar una diferencia en cómo manejas el estrés de la emergencia.
En plena crisis, es natural querer estar informado, pero pasar horas viendo imágenes dramáticas puede intensificar la ansiedad y sensación de vulnerabilidad (Epel & Fromer, 2020). Nuestro cerebro emocional no distingue muy bien
entre peligros vistos en pantalla y peligros reales, de modo que las repetidas escenas de llamas o estragos pueden mantenernos en un estado de alarma constante aunque estemos físicamente a salvo. Por ello, los expertos recomiendan dosificar el consumo de noticias: por ejemplo, consultar actualizaciones solo un par de veces al día en horarios fijos, y evitar antes de dormir aquellas imágenes que queden dando vueltas en la cabeza. Prefiere
fuentes oficiales o medios serios para informarte, de modo de reducir rumores o informaciones erróneas que puedan aumentar la angustia.
Si tienes niños, filtra lo que ven y explícales en palabras sencillas lo que ocurre, resaltando las medidas de seguridad que se están tomando (los bomberos que trabajan, las alertas tempranas, etc.), para que no se queden con la idea de que el desastre es interminable.
En situaciones de calor extremo, mantente al tanto de alertas sanitarias (por ejemplo, índices de calor o calidad del aire) pero evita sobreexponerte a discursos alarmistas. En su lugar, concéntrate en los consejos prácticos que
entregan las autoridades (como las indicaciones de Heat.gov u organismos locales) y sigue una rutina diaria con pausas de desconexión: lee un libro, escucha música o realiza alguna actividad placentera que te distraiga del bombardeo mediático (Magellan Health, 2023).
Las emergencias ambientales pueden hacer que nos preguntemos “¿cuándo terminará esto?” o sintamos que el futuro es sombrío (Epel & Fromer, 2020). Es normal experimentar impotencia o enojo frente a desastres que parecen superar el control individual. Aquí es importante cultivar una actitud resiliente: recordar que la situación pasará (“esto también pasará” como mantra) y enfocarnos en lo que sí podemos controlar en el presente.
Una estrategia útil es ayudar a otros en la medida de tus posibilidades, ya sea colaborando en centros de acopio, apoyando a un vecino mayor durante la ola de calor, o simplemente ofreciendo escucha a alguien afectado. Conectar con nuestra comunidad y sentirnos útiles provee un sentido de propósito que amortigua la angustia. La ciencia ha demostrado que las personas que participan en esfuerzos colectivos tienden a sobrellevar mejor el estrés post-catástrofe, pues la solidaridad reduce la sensación de aislamiento y refuerza la sensación de “estamos juntos en esto” (Sandoval- Díaz et al., 2025).
Por otro lado, mantener una mirada positiva del futuro no significa negar la realidad, sino entender que nuestras expectativas influyen en cómo enfrentamos la adversidad. Si constantemente pensamos que “todo va a salir mal”, aumentamos nuestra desesperanza; en cambio, confiar en nuestra capacidad de adaptación y en la ayuda mutua nos predispone a encontrar soluciones.
Finalmente, a un nivel más amplio, es válido transformar la ansiedad climática en acciones constructivas: involucrarnos en iniciativas ambientales, apoyar políticas de prevención y exigir medidas ante el cambio climático. Como
señalan los expertos, tomar acción es una de las mejores maneras de manejar la angustia climática (Epel & Fromer, 2020). Saber que aportamos a reducir las causas de estas emergencias, por pequeñas que sean nuestras acciones, como plantar un árbol, reducir nuestra huella de carbono o educar a otros, nos devuelve una sensación de agencia y esperanza hacia el porvenir.
En conclusión, enfrentar emergencias ambientales nos desafía no solo en lo físico, sino en lo más profundo de nuestras emociones. Es fundamental normalizar nuestras reacciones, no estamos “volviéndonos
locos” por sentir miedo, ira o tristeza; son respuestas humanas ante situaciones anormales, y a la vez, tomar medidas activas para cuidar de nuestra salud mental. La psicología nos enseña que la recuperación es un proceso paso a paso: apoyándonos en otros, expresando lo que sentimos, retomando de a poco nuestras rutinas y encontrando significado incluso en la adversidad, podemos reconstruir nuestro bienestar emocional así como reconstruimos los hogares o comunidades afectadas.
Por su parte, la neurociencia nos recuerda que disponemos de herramientas innatas para la resiliencia, desde algo tan sencillo como la respiración, capaz de enviar calma a nuestro cerebro, hasta la increíble plasticidad que tiene nuestra mente para adaptarse y hallar nuevas formas de sobreponerse (Luo et al., 2025). Los incendios y las olas de calor son pruebas duras, sin duda, pero con conocimiento científico y apoyo mutuo podemos prepararnos mentalmente para afrontarlos (Sandoval-Díaz et al., 2025).
Cuidar nuestra mente en tiempos de crisis es tan importante como cuidar nuestro cuerpo; ambas son las claves para salir adelante y fortalecer nuestra resiliencia individual y colectiva ante un mundo cambiante.
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Leer másConfirmo que he leído la información sobre este programa, disponible en el brochure y en el sitio web. Declaro cumplir con los requisitos para cursar este diplomado y me comprometo a enviar mi certificado de título, así como a firmar la carta de compromiso solicitada
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