Ps. Manola Montaña
Psicóloga, Universidad de Concepción
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El autismo no solo implica desafíos individuales, sino también la necesidad urgente de transformar los entornos sociales, laborales y cotidianos. En esta columna, se reflexiona sobre cómo la sociedad sigue exigiendo adaptación a las personas autistas, mientras posterga cambios simples, humanos y necesarios para una inclusión real.

Según la OMS, el trastorno del espectro autista agrupa un conjunto diverso de afecciones que se caracteriza por algún grado de dificultad en la interacción social y la comunicación (World Health Organization: WHO, 2025). Es decir, aún en 2026 se posiciona a la persona autista como quien carga con desafíos importantes, responsabilizándola de realizar cambios en la forma de actuar, expresarse o comunicarse.
Y comúnmente solemos hablar sobre cómo una persona autista debiese insertarse en la sociedad, pero ¿cuánto estamos hablando sobre qué cambios debería hacer la sociedad para incluir a una persona autista?
Por ejemplo, olvidamos que estamos rodeados de contaminación acústica. De hecho, en Chile, durante el primer trimestre de 2026, las denuncias por ruido han aumentado un 24% respecto al mismo periodo del año anterior (Soto, 2026).
Tocamos la bocina de los automóviles por cualquier inconveniente, comúnmente hablamos con un volumen elevado, y tenemos que acostumbrarnos al ruido del transporte público o a que reproducimos videos sin audífonos.
O también, se nos prohíbe en ciertos entornos laborales utilizar canceladores de ruido porque no va con la “estética” esperada. O en un contexto laboral somos llamadas y llamados “inflexibles” por pedir instrucciones explícitas o por escrito. O está mal visto almorzar sola o solo, considerándonos “asociales” cuando necesitamos un espacio de regulación dentro de una jornada de 8 o más horas.
Asimismo, nos encontramos con la estigmatización de parte de colegas y la falta de un entorno laboral propicio para personas autistas sin contar aún con políticas de inclusión claras y efectivas (Araya et al., 2023).
Y ocurre que, podemos psicoeducar, podemos informar, o exponer cuáles son las consecuencias de aguantar o enmascarar una vida cargada de estímulos insoportables, pero, ¿nos están entendiendo aún así explicándolo?
Y aún si no lo llegasen a entender del todo, como sociedad, ¿estamos teniendo la empatía suficiente para cambiar aquellos aspectos que sabemos que a otro le duelen, aún si parece invisible? Porque también se nos olvida que, es más efectivo que una persona neurotípica pueda “hablar más bajo” a pedirle a una persona neurodivergente que “aguante el ruido”.
Pero pareciera que, molesta más que una persona autista solicite un cambio simple, lograble, y fácil, a que una persona autista viva un burnout y una serie de desafíos tanto sensoriales, emocionales y cognitivos que desemboquen en depresión.
Pareciera que, en cuanto a la neurodivergencia, la inclusión se mide por cuánto logra soportar una persona autista antes de colapsar. Y debiese medirse por qué tan dispuesto está el entorno a hacer cambios pequeños, humanos y razonables para que esa persona pueda vivir sin estar sobreviviendo todo el tiempo.
Pero nos hemos acostumbrado a ignorarlo. Y es crucial reivindicarlo. Visibilizar, difundir e informar sigue siendo trabajo nuestro. Día a día nos encontramos con desactualización y mal uso de conceptos, incluso en canales importantes como publicaciones del ministerio de educación. Y eso nos sigue diciendo que nos encontramos en deuda.
A quienes somos profesionales del área de la salud y somos parte de la neurodivergencia, nos toca trabajo triple. Sobrevivir, contener y educar. Lo cual nos puede llenar de alegría, cambios y avances, pero también mucha decepción al momento de insertarnos en una sociedad que no nos considera.
Además, la comunidad autista busca una representación visual que sea más auténtica, diversa e inclusiva, que no solo resulte comprensible para los demás, sino que también refleje las experiencias y perspectivas autistas de manera respetuosa y empática (Carvajal, 2025).
Día a día realizamos un trabajo de visibilización para poder llegar a quienes lo viven, para fortalecer y empoderar incluso por medio de pantallas. Y es vital poder formar espacios construidos no solo desde la lógica de la tolerancia a otro ser humano, sino que desde la consideración, empatía y dignidad.

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