Ps. María José Jeldres
Psicóloga, Universidad Miguel de Cervantes.
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La ansiedad de alto funcionamiento es una forma de malestar que muchas veces se oculta detrás del rendimiento, la productividad y la aparente estabilidad cotidiana. En esta columna de opinión, María José Jeldres, psicóloga clínica y embajadora de Adipa, reflexiona sobre el costo emocional de sostener una vida que parece funcionar por fuera, pero que internamente puede estar marcada por autoexigencia, cansancio y dificultad para detenerse.

En la práctica clínica solemos identificar con claridad el sufrimiento que detiene: aquel que interrumpe rutinas, limita el funcionamiento diario y vuelve evidente la necesidad de ayuda. Pero existe otra forma de malestar que opera de manera silenciosa. No quiebra la vida por fuera, pero empieza a desgastarla por dentro. No detiene; exige. No colapsa; tensa.
Muchas personas llegan a consulta mientras siguen cumpliendo todo lo que su vida demanda. Trabajan, estudian, acompañan, resuelven. Desde afuera parecen estar funcionando bien. Sin embargo, cuando se abre un espacio íntimo, aparece un relato distinto: cansancio que no se explica del todo, pensamientos acelerados, dificultad para descansar, una autoexigencia que no afloja.
En este contexto, el concepto de ansiedad de alto funcionamiento ha sido útil para describir a quienes mantienen un rendimiento estable mientras conviven con ansiedad intensa y desgaste emocional. Aunque no es un diagnóstico formal (American Psychiatric Association, 2013), orienta la mirada hacia un fenómeno clínico frecuente: personas que parecen adaptadas a su vida, pero que no necesariamente están bien dentro de ella.
Hay formas de sufrimiento que nuestra cultura premia.
La ansiedad de alto funcionamiento es una de ellas.
A diario vemos personas que cumplen con lo que se espera de ellas, que sostienen más de lo que muestran y que rara vez se permiten fallar. Ese modo de funcionar suele leerse como fortaleza o madurez. A veces lo es. Pero otras veces es una estrategia para manejar inseguridad, miedo al error o ansiedad.
En ese marco, ciertos comportamientos empiezan a parecer virtudes cuando en realidad funcionan como mecanismos de supervivencia. La dificultad para detenerse puede confundirse con disciplina. La necesidad de controlar todo puede interpretarse como meticulosidad. La autoexigencia constante puede verse como excelencia.
Y ahí ocurre la paradoja: cuando el costo psicológico empieza a ser valorado socialmente, el sufrimiento se vuelve invisible.
La investigación clínica lo observa hace años: algunas personas mantienen niveles altos de productividad mientras sacrifican bienestar emocional de forma sostenida (Egan et al., 2011).
Adaptación no es sinónimo de bienestar. Una vida puede funcionar externamente mientras internamente se siente a pulso.
Quienes viven este tipo de ansiedad rara vez llegan diciendo “tengo ansiedad”. Lo hacen diciendo cosas como:
Después de años evaluándose según su rendimiento, terminan usando ese mismo criterio para medir su salud mental. Si cumplen, entonces —piensan— no puede estar pasando nada grave.
Pero el cuerpo suele hablar antes: dificultades para dormir, tensión muscular, irritabilidad, malestar gastrointestinal, sensación de vivir en automático o de estar siempre “sosteniendo”. Desde afuera, la vida parece ordenada. Desde adentro, se siente pesada.
Para quienes trabajamos en salud mental, este fenómeno nos obliga a revisar nuestros propios criterios. Evaluar bienestar psicológico únicamente desde la funcionalidad externa es insuficiente.
No se trata solo de cómo funciona una persona, sino de qué costo emocional implica sostener ese funcionamiento. Qué temores lo alimentan. Qué necesidades quedan relegadas. Qué espacios de descanso han sido sacrificados para no detenerse.
La literatura muestra que ciertos tipos de ansiedad pueden mantener a la persona en movimiento durante años, aumentando el riesgo de desgaste emocional profundo si no se detecta a tiempo (Baxter et al., 2013). La distinción es fundamental: alguien puede estar adaptado a su vida… y aun así no estar bien dentro de ella.
La ansiedad no siempre bloquea. A veces acelera. A veces empuja. A veces mantiene a la persona activa incluso cuando su organismo está pidiendo detenerse.
Y es esa misma capacidad de sostener lo que puede retrasar la búsqueda de ayuda. Porque mientras la vida siga funcionando por fuera, nadie —ni siquiera la propia persona— sospecha lo que se está quebrando por dentro.
En este contexto, uno de los desafíos clínicos actuales es aprender a identificar el sufrimiento antes del colapso. Antes de la crisis. Antes de que la persona se quede sin recursos para seguir funcionando.
La pregunta central no es cuánto logra sostener alguien. Ni cuánto produce. Ni cuántas responsabilidades puede seguir cargando.
La pregunta es otra: ¿Cuánto tiempo lleva sosteniéndose a costa de sí misma? Porque el sufrimiento no siempre se vuelve evidente cuando una persona deja de funcionar. Muchas veces se vuelve evidente cuando ya no puede seguir pagando el costo de hacerlo.
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