Ps. Danitza Lira
Psicóloga, Universidad de Talca.
Última actualización:
Tiempo de lectura:5 minutos
Ante las últimas cifras entregadas por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) surge nuevamente la preocupación por la baja natalidad en Chile. Con ello, pareciera instalarse con fuerza una pregunta en la agenda pública: ¿Cómo incentivamos el nacimiento de más niños? Sin embargo, la discusión verdaderamente urgente es otra: ¿En qué condiciones están creciendo nuestros niños hoy?

Según el estudio realizado por el INE (2026), Chile atraviesa la tasa de fecundidad más baja de su historia, alcanzando apenas 0,99 hijos por mujer y consolidando un descenso de 46,9% en los nacimientos durante las últimas tres décadas.Frente a este escenario, el debate suele centrarse en cómo incentivar la maternidad y la paternidad. No obstante, pocas veces se habla con profundidad sobre el desgaste, el estrés parental y la precarización del cuidado que caracteriza nuestra época.
En el ejercicio de la psicología educacional, el contacto diario con las comunidades educativas devela una realidad difícil de ignorar: los adultos cuidadores se encuentran profundamente sobrepasados. Esta percepción coincide con la evidencia nacional sobre el agotamiento parental, que identifica este fenómeno como una realidad presente en madres y padres chilenos, especialmente en las mujeres (Pérez-Díaz & Oyarce, 2020).
Esto no responde a una falta de afecto o compromiso hacia sus hijos, sino a que criar hoy ocurre en medio del cansancio crónico, extensas jornadas laborales, presiones económicas, escasas redes de apoyo y una creciente sobrecarga mental.Todo ello repercute en su bienestar y, en consecuencia, en su capacidad de estar presentes, ofrecer tiempo de calidad y responder de forma sensible a las necesidades de sus hijos. Frecuentemente escuchamos que “para que un niño esté bien, su cuidador también debe estarlo”, pero esa idea puede parecer incluso poco empática cuando se conocen las condiciones en que muchas familias intentan criar.
Este impacto se manifiesta de forma sintomática en las infancias. En los espacios escolares es cada vez más frecuente observar dificultades en la regulación emocional, ansiedad infantil, conductas disruptivas o agresivas y problemas para establecer vínculos saludables.
Tradicionalmente estas manifestaciones se interpretaban como “problemas conductuales”. Sin embargo, desde una mirada sistémica, estas conductas expresan tensiones presentes en los distintos sistemas donde el niño se desarrolla, especialmente la familia y la escuela. El síntoma, por tanto, no se comprende únicamente como un problema individual, sino como la expresión de dinámicas relacionales que deben entenderse en su contexto (Bronfenbrenner, 1979).
Mientras las necesidades de contención de los niños aumentan, el agotamiento de los adultos dificulta ofrecer la regulación emocional que ellos necesitan, evidenciando los enormes desafíos que enfrenta hoy la crianza.
Desde la Teoría del Apego, Bowlby (1969) ya advertía que el desarrollo emocional infantil depende de vínculos seguros y emocionalmente disponibles. En la misma línea, Winnicott (1953) desarrolló el concepto de la “madre suficientemente buena” –aplicable hoy a cualquier figura principal de cuidado– destacando que la crianza no requiere perfección, sino disponibilidad y sintonía afectiva.
El problema es que actualmente se espera que las familias ejerzan esa función en condiciones de alta exigencia y escaso apoyo. No se trata de culpabilizar a madres, padres o cuidadores, sino de reconocer que la salud mental infantil depende estrechamente de la salud mental de quienes cuidan. Promover el bienestar psicológico de los cuidadores constituye uno de los principales factores protectores para el desarrollo infantil (Pérez-Abarca et al., 2020).
El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, 2025) ha advertido que la salud mental, la violencia, la pobreza y la desigualdad impactan directamente en el bienestar de niños, niñas y adolescentes.
Por ello, impulsar políticas destinadas únicamente a aumentar la natalidad, sin fortalecer la salud mental parental, la conciliación laboral y la corresponsabilidad social, resulta insuficiente y riesgoso.
La baja natalidad en Chile no necesariamente refleja desinterés por formar una familia. En muchos casos expresa conciencia sobre las dificultades estructurales para criar, el temor a la desprotección y la enorme responsabilidad que implica traer un hijo al mundo.
Chile no necesita únicamente aumentar sus tasas de nacimiento; necesita transformar las condiciones en las que se cuida. Incorporar más niños a entornos familiares y escolares socioemocionalmente colapsados no resuelve una crisis demográfica, sino que profundiza la crisis de salud mental que ya enfrentan nuestras escuelas y centros de salud.
La infancia no requiere únicamente campañas para fomentar la natalidad. Necesita adultos sostenidos emocionalmente, profesionales de la salud y educación fortalecidos, redes comunitarias activas y condiciones de vida dignas.
Porque para cuidar y hacer prosperar la infancia, primero debemos sostener a quienes sostienen.
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