Mg. Ps. Milena Mea Muñoz
Magíster en Neuropsicología Pediátrica. Neuropsicóloga Clínica. Licenciada...
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¿Estamos cuidando nuestro cerebro o solo hablando de salud mental?

Durante los últimos años hemos avanzado enormemente en comprender la importancia de la salud mental. Hoy hablamos con mayor naturalidad sobre ansiedad, depresión, estrés o bienestar emocional. Ese cambio ha sido necesario y representa un avance importante. Sin embargo, en medio de esa conversación, pocas veces nos detenemos a pensar en el órgano que hace posible cada uno de esos procesos: el cerebro.
Como neuropsicóloga, esta es una pregunta que cada vez aparece con más frecuencia en mi práctica clínica. Personas de distintas edades consultan porque sienten que les cuesta concentrarse, olvidan información con facilidad, terminan el día mentalmente agotadas o experimentan una sensación constante de “neblina mental”. Muchas veces interpretan estas experiencias como un problema exclusivamente emocional o como una falta de organización personal. Sin embargo, también pueden entenderse como la respuesta de un sistema nervioso que intenta adaptarse a un entorno cada vez más demandante.
El Día Mundial del Cerebro, impulsado este año por la Federación Mundial de Neurología bajo el lema Brain Health: Access for All, nos recuerda que la salud cerebral no comienza cuando aparece una enfermedad neurológica. También depende de cómo vivimos, trabajamos, descansamos y aprendemos cada día (World Federation of Neurology, 2026).
Uno de los ejemplos más claros es la forma en que organizamos nuestra atención. Durante años hemos asociado la multitarea con productividad. Sin embargo, la evidencia en neurociencia cognitiva muestra que nuestro cerebro no realiza varias tareas cognitivas complejas de manera simultánea. Lo que hace, en la mayoría de las situaciones, es alternar rápidamente entre ellas (task switching), un proceso que incrementa la demanda sobre los sistemas de control ejecutivo y reduce la eficiencia con la que procesamos la información (Badre, 2020).
Las funciones ejecutivas permiten planificar, mantener la atención, inhibir respuestas automáticas y adaptar la conducta a las demandas del entorno (Diamond, 2013). Precisamente por ello, el cambio constante entre tareas representa un costo para estos sistemas de control (Badre, 2020).
Probablemente todos hemos experimentado sus consecuencias: terminar la jornada sintiéndonos muy ocupados, pero con la sensación de haber avanzado poco; releer dos o varias veces un mismo correo porque la atención se dispersa; o necesitar un esfuerzo cada vez mayor para concentrarnos. No se trata de que el cerebro esté funcionando peor. En muchos casos, el cerebro está respondiendo exactamente al tipo de demandas que le imponemos.
A ello se suma otro fenómeno cada vez más frecuente: la exposición sostenida al estrés. El estrés forma parte de la vida y, en condiciones normales, cumple una función adaptativa. El problema aparece cuando los sistemas biológicos encargados de responder a esa demanda permanecen activados durante períodos prolongados. La investigación sobre experiencias adversas en la infancia y estrés tóxico ha mostrado que esta activación mantenida puede influir en el desarrollo y funcionamiento de distintos sistemas relacionados con la regulación emocional, la atención y el aprendizaje (Shonkoff et al., 2012). Aunque solemos asociar estas investigaciones a la infancia, también nos recuerdan una idea más amplia: el cerebro necesita alternar entre momentos de exigencia y recuperación para mantenerse saludable.
Desde la neuropsicología sabemos que la salud cerebral no depende únicamente de la ausencia de enfermedad. También se construye a través de los hábitos que repetimos durante años y que favorecen lo que conocemos como reserva cognitiva, entendida como la capacidad del cerebro para afrontar mejor los cambios asociados al envejecimiento o a distintas enfermedades neurológicas gracias a un funcionamiento más eficiente y flexible de sus redes cognitivas (Stern, 2009). Mantenernos intelectualmente activos, cuidar el sueño, realizar actividad física y sostener vínculos sociales significativos son conductas que pueden contribuir al desarrollo de esa reserva a lo largo de la vida.
Esto no significa aspirar a un estilo de vida perfecto. Significa comprender que el cerebro también necesita condiciones para recuperarse. Dormir adecuadamente, hacer pausas, concentrarnos en una tarea a la vez cuando sea posible, disminuir la exposición constante a estímulos y respetar los tiempos de descanso no son lujos; son formas de proteger un órgano del que depende nuestra capacidad para pensar, aprender, recordar y relacionarnos con los demás.
Quizás uno de los grandes desafíos de nuestra era no sea únicamente vivir más años, sino llegar a ellos con un cerebro capaz de sostener nuestra autonomía, nuestras relaciones y nuestra calidad de vida. La buena noticia es que muchas de las decisiones que favorecen la salud cerebral, comienzan mucho antes de la consulta médica. Empiezan en nuestra vida cotidiana.
En este Día Mundial del Cerebro, tal vez la pregunta más importante no sea cuánto sabemos sobre el cerebro, sino cuánto de ese conocimiento estamos dispuestos a incorporar en la forma en que vivimos.
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